La publicación de estos apuntes sobre Historia Argentina, no tienen otra pretensión que prestar ayuda, tanto a estudiantes como a profesores de la materia en cuestión.
Muchos de ellos, simplemente son los apuntes confeccionados por el suscripto, para servir como ayuda memoria en las respectivas clases de los distintos temas que expusiera durante mi práctica en el Profesorado. Me daría por muy satisfecho si sirvieran a otras personas para ese objetivo.
Al finalizar cada apunte, o en el transcurso del mismo texto se puede encontrar la bibliografía correspondiente a los diferentes aspectos mencionados.
Al margen de ello invitaremos a personas que compartan esta metodología, a sumarse con nuevos apuntes de Historia Argentina.
Profesor Roberto Antonio Lizarazu
roberto.lizarazu@hotmail.com
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lunes, 25 de enero de 2016
Cerrar la grieta demandará mucho esmero.
Por:
La crispación no es un fenómeno nuevo, pero es evidente que
en los últimos años se ha exacerbado. Mucho se podría decir acerca de como se
gestó, se desarrolló y escaló este perverso proceso, pero vale la pena poner
todas las energías, más bien, en debatir como superar esta situación de
coyuntura.
Los encargados de construir la armonía social no son los
gobernantes, ni los políticos. No es bueno que la sociedad se haga la distraída
quitándose cualquier tipo de responsabilidad cívica. Claro que la política es
protagonista y debe aportar ejemplaridad. Cuando la dirigencia apuesta a la
confrontación multiplica la gravedad del problema. Por eso son bienvenidos los
buenos gestos y los estilos que contribuyen a generar ese clima adecuado. Es el
mínimo aporte que la política puede hacer a este loable fin.
Por difícil que parezca este objetivo no hay que resignarse
ni bajar los brazos. La historia de la humanidad muestra innumerables ejemplos
de sociedades que estuvieron divididas por hechos más graves que los actuales,
con odio, resentimiento y muertes como ingredientes centrales. Pese a ello,
lograron sobreponerse, con tropiezos, escollos, idas y vueltas, pero con una
contundencia absolutamente verificable.
Pero indudablemente la responsabilidad mayor recae sobre la
gente, sobre cada uno de los ciudadanos en su actividad diaria. Allí empieza el
trabajo y es donde realmente se harán notar los eventuales progresos concretos.
Es en la rutina más mundana donde florecerá la verdadera convivencia.
Importa mucho aquí la escala de valores que hay que
decodificar y luego intentar alinear. El respeto por el otro, por su vida
e integridad, debe incluir la tolerancia por sus ideas, aunque ellas puedan
considerarse equivocadas. Un epíteto despreciativo, una agresión sin sentido,
no solo no consigue cambiar posiciones, sino que evita el camino de la sensata
reflexión e invita a ratificar posturas encerrándose en lo conocido. Así solo
se empeora todo.
Es indispensable hacer el esfuerzo y desarrollar ese
talento que permite separar a las personas de sus ideas. Las visiones son
siempre opinables. No existen dos individuos que piensen igual. A Jorge Luis
Borges se le atribuye aquella ironía que dice que "ni siquiera uno mismo
comparte su propia opinión, si solo espera unos instantes". Lo que no es admisible
es renegar de ciertas personas solo por discrepar con sus convicciones. Todas
merecen ser toleradas, mucho más aún cuando no se comparten sus opiniones,
porque se debe respetar a las personas, más allá de sus concepciones.
Es esencial comprender que no todo tiene que ver con las
formas. El reto no pasa por simular adoptando actitudes impostadas, sino que se
trata de internalizar que se vive en comunidad, con interdependencia del resto,
que todos los días se hacen transacciones de bienes y servicios con personas
con las que no se coincide en muchos aspectos, y que para cooperar no es
imprescindible estar de acuerdo en todo, sino solo en aquello que,
específicamente, es el objeto de ese saludable intercambio pacífico.
miércoles, 6 de mayo de 2015
Esa arraigada vocación de súbditos.
Por: Alberto Medina Méndez
Que la política hace de las suyas no requiere de demasiada
demostración. En todo caso, debería preocupar la verdadera causa de esas
andanzas.
En algunas sociedades más serias, la política tiene un margen mas acotado, sus
errores y excesos encuentran límites, y no porque sus dirigentes no lo
intenten, sino porque la ciudadanía no lo permite y, frente a determinadas
posturas, los repudia electoralmente dejándolos fuera de carrera.
Cuando se aborda el dilema desde esta perspectiva, se
comprende bastante mejor lo que está sucediendo. El problema no es solamente la
inmoralidad de los que se abusan, sino también la pasividad de los que se dejan
oprimir.
Esto no se consigue sin la complicidad de la gente. Por eso es vital revisar
las actitudes propias. En la actualidad, el sometimiento ya no se logra con la
fuerza bruta, sino con sutiles estrategias de manipulación psicológica.
La política lo sabe y las usa a discreción con toda la potencia que le resulta
posible. Así logra imponer conductas, establecer reglas y, sobre todo, diseñar
el camino que le resulta más funcional a sus mezquinos intereses.
El asunto pasa por no enredarse en esa madeja. Pero para eso resulta clave
tener la autoestima en el lugar adecuado. Claro que los políticos se ocupan de
menoscabarla a diario, desgastándola permanentemente y evitando, de ese modo,
cualquier tipo de insurrección por menor que ella parezca.
La rebeldía es una virtud. No tiene que ver con oponerse a todo, sino con tener
criterio propio, analizar cada cuestión sin condicionamientos y actuar de
acuerdo a la visión personal, esa que puede alinear discurso y acción.
Muchos asuntos no parecen tener salida, al menos no en el corto plazo. La
sumisión comienza cuando esa mansedumbre se convierte en crónica y serial,
anulando la más elemental capacidad de plantearse alternativas.
Lamentablemente esta postura es demasiado frecuente hoy y no solo, como suponen
algunos ingenuos, en los sectores más débiles de la sociedad. La vocación de
esclavo no distingue género, edad, ni tampoco condición social. Las pruebas
abundan y están a la vista todos los días.
La primera parte de la solución implica entender lo que sucede. Sin un
diagnóstico contundente es imposible pensar en revertir el sendero actual.
La inmensa mayoría de la gente cree que todo lo que ocurre es producto de la
crueldad de la política y la inmoralidad de sus dirigentes. Si bien eso es
parcialmente cierto, la sociedad debe renunciar a esa indigna costumbre de
buscar culpables afuera antes de admitir su importante cuota de responsabilidad
en todo lo que acontece.
Si se lograra asumir esa situación, y comprender que el presente tiene mucho
que ver con todo lo incorrecto que se hace siempre, se habría ganado la primera
de las batallas. Tal vez no sea la más importante, pero sin duda alguna, la
imprescindible para poder transitar la siguiente.
Luego vendrá el tiempo de examinar los comportamientos propios. Un repaso por
lo habitual mostrará con claridad, como esta ciudadanía termina aceptando todo
lo ofrecido como si no existiera otro modo de lograrlo.
No es necesario buscar ejemplos en la política mayor, en esas cuestiones de
Estado. En los temas más simples, en lo mundano, pululan anécdotas que dan
cuenta de como el conformismo le gana al desafío de la superación.
La dinámica vigente para la recolección de residuos, el sistema de transporte
de pasajeros, los inconvenientes en el tránsito de una ciudad son temas
domésticos y sobre los cuales la sociedad solo se queja, sin actuar sobre el
asunto, aceptando las excusas de los políticos, la supuesta sabiduría de los
técnicos y la inercia ideológica de los intelectuales de turno.
El reto es cuestionar, animarse a dejar atrás la comodidad que propone la
resignación y apelar a la creativa fórmula de proponer variantes. Nada de lo
que se hace hoy tiene que continuar de igual forma. Si no satisface las
expectativas, no resulta útil, ni resuelve el problema, siempre merece ser
fuertemente objetado hasta encontrar una alternativa superior.
El pensamiento de esclavo invita a la sociedad a la quietud del acatamiento.
Ese proceder es nocivo y adictivo e incita a reiterarlo hasta el infinito. La
política contemporánea, astuta observadora de las múltiples debilidades
humanas, muestra allí lo peor de sí misma, utilizando este mecanismo ruin para
sus fines, con absoluta ferocidad y falta de escrúpulos.
Es ella la que alimenta la resignación e insiste señalando limitaciones falsas,
esas que hacen suponer a muchos que todo debe seguir igual. Es bajo ese
paradigma que no modifican el perverso régimen electoral imperante, ni están
dispuestos a transparentar lo que gastan con dineros públicos.
Se saquea a los que producen para distribuir el resultado de su esfuerzo a los
que parasitan. Es difícil entender la lógica de los generadores de riqueza. Su
actitud dócil para con el sistema no tiene consistencia con su eterno esmero
por progresar. Son ellos tal vez los que tienen más responsabilidad en esta
etapa. Si pudieran dejar de ser pusilánimes, posiblemente otro sería el
presente.
La política mal entendida, apuesta a que la sociedad acepte, sin protestar,
todo lo que ocurre y solo deba bajar la cabeza frente a los atropellos
cotidianos. Ellos saben lo que hacen, por eso insisten con esta receta que les
ha dado resultado. Concentran el poder en sus manos y convencen a la sociedad
para que todo siga funcionando así, como hasta ahora.
El problema no es la política, tampoco sus dirigentes. El tema es bastante más
simple. Esto continuará del mismo modo hasta que la sociedad no reaccione con
inteligencia y coraje para abandonar definitivamente esa arraigada vocación de
súbditos.
sábado, 18 de abril de 2015
El fruto del vacío ideológico.
Por: Alberto Medina Méndez
Alguna gente intenta convertir en virtud aquello que, en
realidad, es solo un gran problema. Cierta prédica funcional a la política
mediocre de este tiempo se ha arraigado con mucha fuerza. Demasiada gente
supone que es una ventaja no disponer de una visión ideológica propia y hasta
se ufana de esa posición, como si esta fuera inexorablemente la más acertada.
La recurrente profecía del "fin de las ideologías", es solo un ardid
diseñado por una dirigencia política mezquina que quiere tener las manos libres
para hacer y deshacer a su antojo. Si tuvieran que fijar posturas públicamente,
que brinden indicios acerca de su pensamiento, eso los obligaría a actuar en
consecuencia. Es por eso que prefieren este vacío categórico, este ámbito
completamente versátil, al que decidieron bautizar como
"pragmatismo".
Esa teoría sostiene que no es indispensable aferrarse a doctrinas y que las
decisiones políticas deben tomarse según lo que convenga en cada momento. Ese
esquema es muy cómodo para hacer lo que sea, en un sentido o en el exactamente
opuesto, siempre según los circunstanciales intereses de la casta política, con
parámetros tan volátiles como inmorales.
Para que esa perspectiva se imponga como razonable, y al mismo tiempo otorgue
cierta sensatez a su accionar, esos políticos e intelectuales, se han ocupado
de presentar a las ideologías como un dogma, como algo absolutamente cerrado,
que no puede ser debatido de modo alguno.
Si aceptaran que es solo un conjunto de visiones que se sustenta sobre ciertos
mínimos principios, su tesis difamadora, su estrategia detractora no tendría
tantos adeptos. Para convencer a todos sobre la importancia del pragmatismo
precisan oponerse a meros dogmas que no admiten discusión.
Una ideología no es más que un sistema de ideas, que con cierto orden, está
regido por profundas convicciones que conforman su columna vertebral. Esas
premisas se nutren siempre de valores elevados que son compatibles con la
visión individual. Pero su flexibilidad es un ingrediente fundamental, porque
las situaciones cotidianas ponen a prueba esa matriz de prioridades y obligan a
reordenarlas frente a cada eventualidad.
La dinámica contemporánea que plantea este vaciamiento premeditado de las
ideas, en la política y en la sociedad, ha dado nacimiento a un grupo de
partidos cuyos proyectos son una enorme incógnita. Eso explica la convivencia
en un mismo espacio partidario de personajes tan antagónicos que defienden
concepciones diametralmente opuestas. La experiencia reciente muestra a muchos
gobernantes de idéntico partido que derogan lo creado por ellos mismos hace no
tanto tiempo atrás.
Ese pretendido atributo no es más que una de las causas centrales de tanto
desvarío que llevaron al diseño de relatos retorcidos y de una propaganda que
solo aspira a engañar a la sociedad para edificar un poder eterno.
Es tiempo de que los ciudadanos se animen a cuestionar ciertas falsas consignas
y falacias establecidas. La sociedad tiene el deber de replantearse casi todo,
para verificar si no ha caído ingenuamente en la trampa que le propone la
política actual, esa a la que solo le interesa el poder y que siente una enorme
incomodidad en el mundo de las ideas porque eso la empuja a una labor integral
en armonía con un itinerario básicamente consistente.
Los ciudadanos pretenden soluciones concretas, pero al no tener un sistema de
ideas seleccionado previamente, cualquier camino les parece interesante,
simpático y tentador. Y deambula entonces la comunidad, transitando de un lado
a otro sin satisfacer sus anheladas demandas.
Como en la vida misma. Primero se deben escoger los valores que se desean
preservar, para luego recién recorrer el sendero predilecto. No se puede
avanzar, peregrinando sin trayectoria definida, como en un laberinto infinito,
sin encontrar el norte, sin un faro que muestre la luz, sin brújula.
Una ideología es como un mapa. No conduce por sí mismo a ninguna parte, pero se
constituye en una guía fundamental, en un orientador vital, en una referencia
imprescindible, para saber si lo que se viene haciendo se encuentra en sintonía
con los valores esenciales que se predican a diario.
Cuando en los asuntos personales se deben resolver dilemas, se opta de acuerdo
a los valores que han sido sostenidos en el tiempo. Y si, por alguna razón, se
toman caminos que colisionan con esos paradigmas, mas tarde o más temprano,
esas determinaciones hacen demasiado ruido. Es allí desde donde se pueden hacer
replanteos y hasta las correcciones del caso, lo que incluye muchas veces el
arrepentimiento y las inevitables disculpas.
La política no tiene porque ser diferente. Las sociedades deben primero
identificar un sistema de ideas, una escala de valores explicitada, para luego
alinearse con esa mirada, exigiendo a los políticos de turno, que solo deberían
ser meros representantes, implementadores de esas resoluciones.
Por fastidioso que le resulte a muchos, es hora de tener definiciones más
concretas. Si se espera que la política sea la proveedora de los cambios, la herramienta
primordial para lograr las transformaciones que la sociedad pretende, primero
habrá que definir rumbos y eso implica tomar decisiones.
Tal vez Séneca tenía razón cuando decía, en aquella cita que se le atribuye,
que "Ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se
encamina". Esta frase describe como un retrato cruel a esta sociedad
abúlica, intelectualmente perezosa, cívicamente apática, que no está dispuesta
a la autocrítica oportuna y adecuada sobre su proceder cotidiano, ni tampoco se
encuentra preparada para asumir su elevada cuota de responsabilidad respecto de
lo que sucede.
Lo que hoy se vive, no es más que la esperable consecuencia de una modalidad
que ha sido deliberadamente elegida por la sociedad. Desentenderse de lo que ocurre
no parece ser la mejor receta. Este presente no es más que el efecto predecible
de una actitud premeditada. Es solo el fruto del vacío ideológico.
martes, 14 de octubre de 2014
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| Es la hora referí |
Todo
termina algún día.
Por: Alberto Medina Méndez
En la política, como en la vida misma, todo se termina, todo finalmente concluye. El delirio de algunos personajes nefastos puede hacerles creer que su presente es eterno. El poder obnubila, las "alfombras rojas" marean y determinadas circunstancias pueden hacer que un ser humano pierda contacto con el mundo real, al punto de creerse un monarca, sin registrar que es solo un dirigente elegido por una minoría ciudadana ocasional.
La historia de la humanidad corrobora empíricamente esta visión en muchos de
sus tramos. Ni los imperios más vigorosos pudieron sobrevivir en el tiempo y un
día concluyeron su ciclo, pereciendo invariablemente. Las crónicas muestran
cierta continuidad en esos procesos, pero en realidad fueron momentos de gloria
y abrumadores fracasos, en forma intermitente.
El fatalismo puede hacer creer que todo está mal, que será peor aún y que las sociedades están condenadas al sufrimiento eterno. Eso no se ajusta a lo que ha sucedido cuando se reconstruyen los hechos del pasado.
No menos cierto es que esos periodos de euforia y posterior deterioro pueden
durar más, o a veces un poco menos, según como reacciona la sociedad. Con
actitudes más serviles y de resignación, pueden prolongarse en el tiempo.
Cuando la gente reflexiona y pone límites a los desmadres, los plazos se
acortan dando lugar a una nueva fase, que no necesariamente será mejor, pero
que con otros ingredientes garantiza ser diferente.
Los populismos ya han demostrado su gran capacidad de mutación, han exhibido su talento para reaparecer de tanto en tanto, aunque no necesariamente con los mismos protagonistas. Su accionar no se extingue para siempre, sino que solo se agazapa para luego volver al ruedo.
Probablemente eso sucede porque la gente cree que el problema es su gobernante
circunstancial, sin comprender que la cuestión de fondo pasa por sus propias
ideas aplicadas a lo cotidiano. Supone, ingenuamente, que si se desprende del
personaje de turno, todo se resolverá mágicamente, sin entender que es muy
probable que pronto surja otro caudillo para continuar la dinámica de su
predecesor, sin siquiera mencionarlo, asumiendo una nueva etapa fundacional,
para hacer más de lo mismo.
Varios países están viviendo este proceso de inexorable salida de una fase política. Los mandatarios actuales se resisten a aceptarlo y sus seguidores también. La impotencia los invade y por eso toman medidas que son mucho más insensatas que las habituales. Estos personajes suponen, equivocadamente, que profundizando la línea de acción seleccionada, que redoblando la apuesta, evitarán su ineludible derrotero.
El futuro de muchas naciones es mejor que su presente. Es probable que alguna
cuota de cordura y sentido común llegue pronto. No es que hayan comprendido la
magnitud de los errores, sino que la inviabilidad intrínseca del populismo
obligará a los nuevos liderazgos a corregir rumbos. Esto no ocurre por
convicción, sino porque no les queda otra posibilidad frente a los desvaríos
del pasado y la herencia recibida que deberán administrar.
Cualquiera sea la razón, lo cierto es que los líderes contemporáneos culminarán sus mandatos, y eso ocurrirá irremediablemente, aunque ellos no lo puedan aceptar. Seguramente, sus mentes enfermas de autoridad, no pueden asumir el duelo que implica la pérdida de poder. Es que sus excesos tienen costo porque nada es gratis. Un día los mismos que los aclamaban, demandarán su retiro y hasta desearán su encarcelamiento por los abusos.
Lo que viene será seguramente mejor. Ya no porque la gente haya comprendido la
magnitud del problema ni las implicancias de las decisiones del pasado, sino
porque cierta racionalidad resulta imprescindible para retomar el sendero de lo
posible, de lo admisible y realizable.
El populismo puede construir una fantasía durante algún tiempo, pero tarde o temprano, sus dislates se convierten en inconsistentes contradicciones, configurándose en la causa central de la debacle. Son los populistas de siempre, los que se han cavado su propia fosa. Sus desatinos y disparates, su desconexión de la realidad, constituyen la razón principal de su retroceso y de esta humillante forma de abandonar el poder.
Por algún tiempo, pensaron que eran individuos iluminados, superdotados, que
eran los "elegidos", sin darse cuenta de que solo fueron convocados
por la ciudadanía para administrar una porción del presente y siempre con fecha
de vencimiento. Les ha faltado la humildad de los grandes. Sus egos los han
traicionado, colocándolos en un lugar en el que nunca estuvieron.
Fueron los aplaudidores de siempre los que los han elogiado desproporcionadamente haciéndoles creer que eran superiores.
La realidad está haciendo su parte y ahora se acerca el
momento de vivir la etapa del declive, de esa cruel fase en el que los mismos
que los apoyaban los reprueban, hasta el punto de ponerse en las filas
adversarias para provocar su ocaso. No es más que el precio de los errores
propios.
La gente lo sabe, o al menos lo intuye, aunque el pesimismo a veces juegue una
mala pasada. Todo concluye en algún momento. Inclusive lo que vendrá también se
agotará alguna vez. Aunque los que gobiernan se resistan, se enfaden y pataleen
como un niño con berrinche, no lo podrán evitar. Todo termina algún día.
lunes, 7 de julio de 2014
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| Alberto Medina Méndez |
ABUNDANTE
DOCILIDAD
Por:
Alberto Medina Méndez. Presidente Fundación Club de la Libertad
Algunas naciones con múltiples posibilidades demoran
demasiado en evolucionar. No lo hacen al ritmo que deberían. A veces ni
arrancan ese vital proceso de desarrollo que dicen anhelar. En varios de esos
países las riquezas naturales están por todas partes y las oportunidades
disponibles son excesivamente evidentes.
Escoger las ideas incorrectas es parte sustancial de la
explicación. Cuando se selecciona el camino inadecuado, el destino es el
esperable y no otro. Si el presente no satisface es porque se ha transitado por
una senda repleta de consignas falsas. Lo que se creía que conducía hacia el
progreso no lo ha logrado, al menos no en la proporción deseada.
Pero también ilustra este momento, la excesiva sumisión
de una sociedad que tiene más paciencia que ambición. Teniendo la chance de
prosperar deliberadamente espera. No lo hace sin querer. Tiene plena conciencia
de que su pasividad implica como consecuencia inevitable este presente.
Las sociedades que avanzan son más exigentes. Sus
ciudadanos son menos tolerantes con lo imperfecto. No soportan la corrupción,
ni se dejan engañar con tanta facilidad. Y cuando eso eventualmente sucede,
tratan de aprender del error, señalando con claridad su absoluta
disconformidad.
Los ciudadanos prefieren seguir en esa realidad virtual
cuya inconfundible cualidad es su eterna esperanza. Sueñan con la oportunidad
de torcer el rumbo. Piensan que se presentará casi mágicamente esa ocasión.
Siguen creyendo en la ilusión de que la democracia que tanto veneran sirve por
sí misma para superarse, sin comprender que eso funciona solo si la actitud
cívica es la apropiada.
El cambio solo ocurrirá cuando se modifique
sustancialmente la postura de los ciudadanos. La política no es más que una
mera extensión de la vida en comunidad. Cuando la ciudadanía abandone la
comodidad del silencio y deje de mirar para otro lado frente a cada
despropósito, será entonces la ocasión de dar el giro tantas veces reclamado,
pero casi nunca exigido.
Es la sociedad la que debe liderar este proceso de
cambio y no la actividad política. Cuando la comunidad decida ser impiadosa con
el error de sus dirigentes, será entonces el tiempo de cambiar la historia.
Antes no.
Los ciudadanos de los países que han dado pasos firmes
en el sendero acertado son menos obedientes. Y eso se verifica no solo en el campo
de la política, sino en lo cotidiano. Ellos son habitantes que esperan más de
sus semejantes. Exigen excelente trato si son clientes, respeto en todas las
relaciones interpersonales y amabilidad en sus vínculos personales.
Quien no se ajusta a esas reglas no consigue
desarrollar. No es una obligación formal, sino una norma no escrita de
convivencia que permite valorizar a los mejores y relegar a los que no son
parte de esa dinámica.
Esa conducta frente a todo no garantiza elegir el camino
correcto, ni siquiera a la hora de optar por las ideas necesarias para
prosperar, pero asegura que ante el fracaso se tiene capacidad de aprendizaje.
No se trata de encontrar un método infalible. De hecho
no existe tal cosa como el mundo de las certezas en esto de tomar decisiones.
Justamente por eso importa tanto tener el talento de maniobrar, para lo cual
resulta central darse cuenta, asumir el error y reaccionar a la velocidad
precisa para retomar la ruta que lleva hacia los objetivos esperados.
No es tarea sencilla semejante desafío. Volverse
exigente es una gimnasia que empieza siendo individual, para luego convertirse
en una característica social que se difunde por etapas y que resulta
irresistible.
No hay que caer en el derrotismo de suponer que es
imposible. Mucho menos en la trampa de asumir con resignación que solo es mero
atributo cultural incorregible. De hecho quienes pasan de residir en
comunidades mansas para luego radicarse en otras más rigurosas, aprenden con
rapidez las nuevas reglas y se apropian de esa rutina con total convicción.
El primer paso es asumir el problema. Entenderlo,
comprenderlo en toda su dimensión, para luego intentar convertirlo en un
hábito, replicarlo en el entorno e instalarlo como costumbre natural en la vida
en comunidad.
La clase política seguirá haciendo de las suyas si la
sociedad no revisa sus actuales paradigmas. Ellos pueden manipular todo, mentir
de modo serial, abusar de su poder, asignarse privilegios y delinquir
crónicamente sin siquiera ofrecer algo como compensación. La calidad de los
dirigentes se transforma solo cuando la gente es capaz de expulsar a los
peores, y desde entonces lidiar únicamente con los que cumplen con cierto
estándar.
Si se desea progresar, si realmente se espera vivir en
una sociedad mejor, habrá que hacer los deberes primero. Una postura cívica
responsable antecede a lo que se espera conseguir. Cuando la regla general es
dejarse aplastar de forma cotidiana, permitir el saqueo como experiencia diario
y la propuesta permanente es seguir en lo mismo, el resultado está a la vista.
Una parte relevante de ese gran cambio que todos pretenden pasa por dejar de
lado esta patética historia de abundante docilidad.
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