La publicación de estos apuntes sobre Historia Argentina, no tienen otra pretensión que prestar ayuda, tanto a estudiantes como a profesores de la materia en cuestión.

Muchos de ellos, simplemente son los apuntes confeccionados por el suscripto, para servir como ayuda memoria en las respectivas clases de los distintos temas que expusiera durante mi práctica en el Profesorado. Me daría por muy satisfecho si sirvieran a otras personas para ese objetivo.

Al finalizar cada apunte, o en el transcurso del mismo texto se puede encontrar la bibliografía correspondiente a los diferentes aspectos mencionados.

Al margen de ello invitaremos a personas que compartan esta metodología, a sumarse con nuevos apuntes de Historia Argentina.




Profesor Roberto Antonio Lizarazu

roberto.lizarazu@hotmail.com



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lunes, 25 de enero de 2016

Cerrar la grieta demandará mucho esmero.

 

Por: Alberto Medina Méndez

La crispación no es un fenómeno nuevo, pero es evidente que en los últimos años se ha exacerbado. Mucho se podría decir acerca de como se gestó, se desarrolló y escaló este perverso proceso, pero vale la pena poner todas las energías, más bien, en debatir como superar esta situación de coyuntura.

La "grieta" existe y es indisimulable. Esa división entre "ellos y nosotros" está presente en la sociedad y tiene poco sentido negarla o minimizarla. Tampoco parece razonable detenerse para asignar culpas y cargar las tintas sobre unos u otros. Es hora de asumir con hidalguía y humildad que, como bien se dice en el boxeo, "cuando uno no quiere, dos no pelean".

Es el momento de dar vuelta la página o, al menos, intentarlo. La meta no es que desaparezcan los desacuerdos, ni que las miradas sean todas idénticas, ni parecidas. El disenso no solo es deseable sino que también es necesario para luego hurgar sobre los diferentes senderos posibles, esos que conducen a mejores soluciones como resultado de un profundo análisis.  

 

Los encargados de construir la armonía social no son los gobernantes, ni los políticos. No es bueno que la sociedad se haga la distraída quitándose cualquier tipo de responsabilidad cívica. Claro que la política es protagonista y debe aportar ejemplaridad. Cuando la dirigencia apuesta a la confrontación multiplica la gravedad del problema. Por eso son bienvenidos los buenos gestos y los estilos que contribuyen a generar ese clima adecuado. Es el mínimo aporte que la política puede hacer a este loable fin.

Por difícil que parezca este objetivo no hay que resignarse ni bajar los brazos. La historia de la humanidad muestra innumerables ejemplos de sociedades que estuvieron divididas por hechos más graves que los actuales, con odio, resentimiento y muertes como ingredientes centrales. Pese a ello, lograron sobreponerse, con tropiezos, escollos, idas y vueltas, pero con una contundencia absolutamente verificable.

Los intelectuales y comunicadores deben también cumplir con la parte que les toca en suerte. Desde el periodismo, la academia y cualquier tribuna disponible se puede hacer mucho en favor de esta dinámica, ayudando a pensar con inteligencia y sin inútiles sobreactuaciones.

Pero indudablemente la responsabilidad mayor recae sobre la gente, sobre cada uno de los ciudadanos en su actividad diaria. Allí empieza el trabajo y es donde realmente se harán notar los eventuales progresos concretos. Es en la rutina más mundana donde florecerá la verdadera convivencia.

Si la sociedad no logra entender su rol vital en esta difícil reconstrucción, es improbable modificar la tendencia. Es imperioso recorrer ese camino de aprendizaje y autocrítica. Ha sido demasiado tiempo el vivido bajo estas hostiles reglas de juego. Abandonar esos malos hábitos requerirá de una adaptación que no todos lograrán. Es posible que la mayoría de la sociedad lo consiga y que los violentos, solo terminen siendo una insignificante minoría que no logre impregnar a los demás con sus patéticas costumbres.

Importa mucho aquí la escala de valores que hay que decodificar y luego intentar  alinear. El respeto por el otro, por su vida e integridad, debe incluir la tolerancia por sus ideas, aunque ellas puedan considerarse equivocadas. Un epíteto despreciativo, una agresión sin sentido, no solo no consigue cambiar posiciones, sino que evita el camino de la sensata reflexión e invita a ratificar posturas encerrándose en lo conocido. Así solo se empeora todo.

Las modernas herramientas de comunicación, no siempre ayudan en este devenir. Cierta despersonalización, hace que sea más fácil decir lo indebido por esos medios que en persona. El "cara a cara", disminuye los niveles de belicosidad en casi todas las circunstancias. Es necesario, entonces, no alejarse de las personas con las que se discrepa. Por el contrario, se debe tomar contacto real con ellas, justamente, para acortar las distancias.

Es indispensable hacer el esfuerzo y desarrollar ese talento que permite separar a las personas de sus ideas. Las visiones son siempre opinables. No existen dos individuos que piensen igual. A Jorge Luis Borges se le atribuye aquella ironía que dice que "ni siquiera uno mismo comparte su propia opinión, si solo espera unos instantes". Lo que no es admisible es renegar de ciertas personas solo por discrepar con sus convicciones. Todas merecen ser toleradas, mucho más aún cuando no se comparten sus opiniones, porque se debe respetar a las personas, más allá de sus concepciones.

Es esencial comprender que no todo tiene que ver con las formas. El reto no pasa por simular adoptando actitudes impostadas, sino que se trata de internalizar que se vive en comunidad, con interdependencia del resto, que todos los días se hacen transacciones de bienes y servicios con personas con las que no se coincide en muchos aspectos, y que para cooperar no es imprescindible estar de acuerdo en todo, sino solo en aquello que, específicamente, es el objeto de ese saludable intercambio pacífico.

El problema es complejo, existe y es bueno que pueda ser abordado cuanto antes, con perseverancia. No es solo tarea de la política, aunque ella debe contribuir con esa misión. Es la gente la que tendrá que tomar la decisión de dejar atrás esta calamidad cotidiana que destruye todo a su paso, y deberá trabajar de un modo muy personal para conseguirlo. Es trascendental entender que cerrar la grieta demandará de mucho esmero.

 

 

 

 

 

 




miércoles, 6 de mayo de 2015


Esa arraigada vocación de súbditos.

 

Por: Alberto Medina Méndez

 

Que la política hace de las suyas no requiere de demasiada demostración. En todo caso, debería preocupar la verdadera causa de esas andanzas.

En algunas sociedades más serias, la política tiene un margen mas acotado, sus errores y excesos encuentran límites, y no porque sus dirigentes no lo intenten, sino porque la ciudadanía no lo permite y, frente a determinadas posturas, los repudia electoralmente dejándolos fuera de carrera.

 

Cuando se aborda el dilema desde esta perspectiva, se comprende bastante mejor lo que está sucediendo. El problema no es solamente la inmoralidad de los que se abusan, sino también la pasividad de los que se dejan oprimir.

Esto no se consigue sin la complicidad de la gente. Por eso es vital revisar las actitudes propias. En la actualidad, el sometimiento ya no se logra con la fuerza bruta, sino con sutiles estrategias de manipulación psicológica.

La política lo sabe y las usa a discreción con toda la potencia que le resulta posible. Así logra imponer conductas, establecer reglas y, sobre todo, diseñar el camino que le resulta más funcional a sus mezquinos intereses.

El asunto pasa por no enredarse en esa madeja. Pero para eso resulta clave tener la autoestima en el lugar adecuado. Claro que los políticos se ocupan de menoscabarla a diario, desgastándola permanentemente y evitando, de ese modo, cualquier tipo de insurrección por menor que ella parezca.

La rebeldía es una virtud. No tiene que ver con oponerse a todo, sino con tener criterio propio, analizar cada cuestión sin condicionamientos y actuar de acuerdo a la visión personal, esa que puede alinear discurso y acción.

Muchos asuntos no parecen tener salida, al menos no en el corto plazo. La sumisión comienza cuando esa mansedumbre se convierte en crónica y serial, anulando la más elemental capacidad de plantearse alternativas.

Lamentablemente esta postura es demasiado frecuente hoy y no solo, como suponen algunos ingenuos, en los sectores más débiles de la sociedad. La vocación de esclavo no distingue género, edad, ni tampoco condición social. Las pruebas abundan y están a la vista todos los días.

La primera parte de la solución implica entender lo que sucede. Sin un diagnóstico contundente es imposible pensar en revertir el sendero actual.

La inmensa mayoría de la gente cree que todo lo que ocurre es producto de la crueldad de la política y la inmoralidad de sus dirigentes. Si bien eso es parcialmente cierto, la sociedad debe renunciar a esa indigna costumbre de buscar culpables afuera antes de admitir su importante cuota de responsabilidad en todo  lo que acontece.

Si se lograra asumir esa situación, y comprender que el presente tiene mucho que ver con todo lo incorrecto que se hace siempre, se habría ganado la primera de las batallas. Tal vez no sea la más importante, pero sin duda alguna, la imprescindible para poder transitar la siguiente.

Luego vendrá el tiempo de examinar los comportamientos propios. Un repaso por lo habitual mostrará con claridad, como esta ciudadanía termina aceptando todo lo ofrecido como si no existiera otro modo de lograrlo.

No es necesario buscar ejemplos en la política mayor, en esas cuestiones de Estado. En los temas más simples, en lo mundano, pululan anécdotas que dan cuenta de como el conformismo le gana al desafío de la superación.

La dinámica vigente para la recolección de residuos, el sistema de transporte de pasajeros, los inconvenientes en el tránsito de una ciudad son temas domésticos y sobre los cuales la sociedad solo se queja, sin actuar sobre el asunto, aceptando las excusas de los políticos, la supuesta sabiduría de los técnicos y la inercia ideológica de los intelectuales de turno.

El reto es cuestionar, animarse a dejar atrás la comodidad que propone la resignación y apelar a la creativa fórmula de proponer variantes. Nada de lo que se hace hoy tiene que continuar de igual forma. Si no satisface las expectativas, no resulta útil, ni resuelve el problema, siempre merece ser fuertemente objetado hasta encontrar una alternativa superior.

El pensamiento de esclavo invita a la sociedad a la quietud del acatamiento. Ese proceder es nocivo y adictivo e incita a reiterarlo hasta el infinito. La política contemporánea, astuta observadora de las múltiples debilidades humanas, muestra allí lo peor de sí misma, utilizando este mecanismo ruin para sus fines, con absoluta ferocidad y falta de escrúpulos.

Es ella la que alimenta la resignación e insiste señalando limitaciones falsas, esas que hacen suponer a muchos que todo debe seguir igual. Es bajo ese paradigma que no modifican el perverso régimen electoral imperante, ni están dispuestos a transparentar lo que gastan con dineros públicos.

Se saquea a los que producen para distribuir el resultado de su esfuerzo a los que parasitan. Es difícil entender la lógica de los generadores de riqueza. Su actitud dócil para con el sistema no tiene consistencia con su eterno esmero por progresar. Son ellos tal vez los que tienen más responsabilidad en esta etapa. Si pudieran dejar de ser pusilánimes, posiblemente otro sería el presente.

La política mal entendida, apuesta a que la sociedad acepte, sin protestar, todo lo que ocurre y solo deba bajar la cabeza frente a los atropellos cotidianos. Ellos saben lo que hacen, por eso insisten con esta receta que les ha dado resultado. Concentran el poder en sus manos y convencen a la sociedad para que todo siga funcionando así, como hasta ahora.

El problema no es la política, tampoco sus dirigentes. El tema es bastante más simple. Esto continuará del mismo modo hasta que la sociedad no reaccione con inteligencia y coraje para abandonar definitivamente esa arraigada vocación de súbditos.







sábado, 18 de abril de 2015


El fruto del vacío ideológico.

 

Por: Alberto Medina Méndez

 

Alguna gente intenta convertir en virtud aquello que, en realidad, es solo un gran problema. Cierta prédica funcional a la política mediocre de este tiempo se ha arraigado con mucha fuerza. Demasiada gente supone que es una ventaja no disponer de una visión ideológica propia y hasta se ufana de esa posición, como si esta fuera inexorablemente la más acertada.

La recurrente profecía del "fin de las ideologías", es solo un ardid diseñado por una dirigencia política mezquina que quiere tener las manos libres para hacer y deshacer a su antojo. Si tuvieran que fijar posturas públicamente, que brinden indicios acerca de su pensamiento, eso los obligaría a actuar en consecuencia. Es por eso que prefieren este vacío categórico, este ámbito completamente versátil, al que decidieron bautizar como "pragmatismo".

Esa teoría sostiene que no es indispensable aferrarse a doctrinas y que las decisiones políticas deben tomarse según lo que convenga en cada momento. Ese esquema es muy cómodo para hacer lo que sea, en un sentido o en el exactamente opuesto, siempre según los circunstanciales intereses de la casta política, con parámetros tan volátiles como inmorales.

Para que esa perspectiva se imponga como razonable, y al mismo tiempo otorgue cierta sensatez a su accionar, esos políticos e intelectuales, se han ocupado de presentar a las ideologías como un dogma, como algo absolutamente cerrado, que no puede ser debatido de modo alguno.

Si aceptaran que es solo un conjunto de visiones que se sustenta sobre ciertos mínimos principios, su tesis difamadora, su estrategia detractora no tendría tantos adeptos. Para convencer a todos sobre la importancia del pragmatismo precisan oponerse a meros dogmas que no admiten discusión.

Una ideología no es más que un sistema de ideas, que con cierto orden, está regido por profundas convicciones que conforman su columna vertebral. Esas premisas se nutren siempre de valores elevados que son compatibles con la visión individual. Pero su flexibilidad es un ingrediente fundamental, porque las situaciones cotidianas ponen a prueba esa matriz de prioridades y obligan a reordenarlas frente a cada eventualidad.

La dinámica contemporánea que plantea este vaciamiento premeditado de las ideas, en la política y en la sociedad, ha dado nacimiento a un grupo de partidos cuyos proyectos son una enorme incógnita. Eso explica la convivencia en un mismo espacio partidario de personajes tan antagónicos que defienden concepciones diametralmente opuestas. La experiencia reciente muestra a muchos gobernantes de idéntico partido que derogan lo creado por ellos mismos hace no tanto tiempo atrás.

Ese pretendido atributo no es más que una de las causas centrales de tanto desvarío que llevaron al diseño de relatos retorcidos y de una propaganda que solo aspira a engañar a la sociedad para edificar un poder eterno.

Es tiempo de que los ciudadanos se animen a cuestionar ciertas falsas consignas y falacias establecidas. La sociedad tiene el deber de replantearse casi todo, para verificar si no ha caído ingenuamente en la trampa que le propone la política actual, esa a la que solo le interesa el poder y que siente una enorme incomodidad en el mundo de las ideas porque eso la empuja a una labor integral en armonía con un itinerario básicamente consistente.

Los ciudadanos pretenden soluciones concretas, pero al no tener un sistema de ideas seleccionado previamente, cualquier camino les parece interesante, simpático y tentador. Y deambula entonces la comunidad, transitando de un lado a otro sin satisfacer sus anheladas demandas.

Como en la vida misma. Primero se deben escoger los valores que se desean preservar, para luego recién recorrer el sendero predilecto. No se puede avanzar, peregrinando sin trayectoria definida, como en un laberinto infinito, sin encontrar el norte, sin un faro que muestre la luz, sin brújula.

Una ideología es como un mapa. No conduce por sí mismo a ninguna parte, pero se constituye en una guía fundamental, en un orientador vital, en una referencia imprescindible, para saber si lo que se viene haciendo se encuentra en sintonía con los valores esenciales que se predican a diario.

Cuando en los asuntos personales se deben resolver dilemas, se opta de acuerdo a los valores que han sido sostenidos en el tiempo. Y si, por alguna razón, se toman caminos que colisionan con esos paradigmas, mas tarde o más temprano, esas determinaciones hacen demasiado ruido. Es allí desde donde se pueden hacer replanteos y hasta las correcciones del caso, lo que incluye muchas veces el arrepentimiento y las inevitables disculpas.

La política no tiene porque ser diferente. Las sociedades deben primero identificar un sistema de ideas, una escala de valores explicitada, para luego alinearse con esa mirada, exigiendo a los políticos de turno, que solo deberían ser meros representantes, implementadores de esas resoluciones.

Por fastidioso que le resulte a muchos, es hora de tener definiciones más concretas. Si se espera que la política sea la proveedora de los cambios, la herramienta primordial para lograr las transformaciones que la sociedad pretende, primero habrá que definir rumbos y eso implica tomar decisiones.

Tal vez Séneca tenía razón cuando decía, en aquella cita que se le atribuye, que "Ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se encamina". Esta frase describe como un retrato cruel a esta sociedad abúlica, intelectualmente perezosa, cívicamente apática, que no está dispuesta a la autocrítica oportuna y adecuada sobre su proceder cotidiano, ni tampoco se encuentra preparada para asumir su elevada cuota de responsabilidad respecto de lo que sucede.

Lo que hoy se vive, no es más que la esperable consecuencia de una modalidad que ha sido deliberadamente elegida por la sociedad. Desentenderse de lo que ocurre no parece ser la mejor receta. Este presente no es más que el efecto predecible de una actitud premeditada. Es solo el fruto del vacío ideológico.






martes, 14 de octubre de 2014

Es la hora referí



Todo termina algún día.

Por: Alberto Medina Méndez

En la política, como en la vida misma, todo se termina, todo finalmente concluye. El delirio de algunos personajes nefastos puede hacerles creer que su presente es eterno. El poder obnubila, las "alfombras rojas" marean y determinadas circunstancias pueden hacer que un ser humano pierda contacto con el mundo real, al punto de creerse un monarca, sin registrar que es solo un dirigente elegido por una minoría ciudadana ocasional.

La historia de la humanidad corrobora empíricamente esta visión en muchos de sus tramos. Ni los imperios más vigorosos pudieron sobrevivir en el tiempo y un día concluyeron su ciclo, pereciendo invariablemente. Las crónicas muestran cierta continuidad en esos procesos, pero en realidad fueron momentos de gloria y abrumadores fracasos, en forma intermitente.

El fatalismo puede hacer creer que todo está mal, que será peor aún y que las sociedades están condenadas al sufrimiento eterno. Eso no se ajusta a lo que ha sucedido cuando se reconstruyen los hechos del pasado.

No menos cierto es que esos periodos de euforia y posterior deterioro pueden durar más, o a veces un poco menos, según como reacciona la sociedad. Con actitudes más serviles y de resignación, pueden prolongarse en el tiempo. Cuando la gente reflexiona y pone límites a los desmadres, los plazos se acortan dando lugar a una nueva fase, que no necesariamente será mejor, pero que con otros ingredientes garantiza ser diferente.

Los populismos ya han demostrado su gran capacidad de mutación, han exhibido su talento para reaparecer de tanto en tanto, aunque no necesariamente con los mismos protagonistas. Su accionar no se extingue para siempre, sino que solo se agazapa para luego volver al ruedo.

Probablemente eso sucede porque la gente cree que el problema es su gobernante circunstancial, sin comprender que la cuestión de fondo pasa por sus propias ideas aplicadas a lo cotidiano. Supone, ingenuamente, que si se desprende del personaje de turno, todo se resolverá mágicamente, sin entender que es muy probable que pronto surja otro caudillo para continuar la dinámica de su predecesor, sin siquiera mencionarlo, asumiendo una nueva etapa fundacional, para hacer más de lo mismo.

Varios países están viviendo este proceso de inexorable salida de una fase política. Los mandatarios actuales se resisten a aceptarlo y sus seguidores también. La impotencia los invade y por eso toman medidas que son mucho más insensatas que las habituales. Estos personajes suponen, equivocadamente, que profundizando la línea de acción seleccionada, que redoblando la apuesta, evitarán su ineludible derrotero.

El futuro de muchas naciones es mejor que su presente. Es probable que alguna cuota de cordura y sentido común llegue pronto. No es que hayan comprendido la magnitud de los errores, sino que la inviabilidad intrínseca del populismo obligará a los nuevos liderazgos a corregir rumbos. Esto no ocurre por convicción, sino porque no les queda otra posibilidad frente a los desvaríos del pasado y la herencia recibida que deberán administrar.

Cualquiera sea la razón, lo cierto es que los líderes contemporáneos culminarán sus mandatos, y eso ocurrirá irremediablemente, aunque ellos no lo puedan aceptar. Seguramente, sus mentes enfermas de autoridad, no pueden asumir el duelo que implica la pérdida de poder. Es que sus excesos tienen costo porque nada es gratis. Un día los mismos que los aclamaban, demandarán su retiro y hasta desearán su encarcelamiento por los abusos.

Lo que viene será seguramente mejor. Ya no porque la gente haya comprendido la magnitud del problema ni las implicancias de las decisiones del pasado, sino porque cierta racionalidad resulta imprescindible para retomar el sendero de lo posible, de lo admisible y realizable.

El populismo puede construir una fantasía durante algún tiempo, pero  tarde o temprano, sus dislates se convierten en inconsistentes contradicciones, configurándose en la causa central de la debacle. Son los populistas de siempre, los que se han cavado su propia fosa. Sus desatinos y disparates, su desconexión de la realidad, constituyen la razón principal de su retroceso y de esta humillante forma de abandonar el poder.

Por algún tiempo, pensaron que eran individuos iluminados, superdotados, que eran los "elegidos", sin darse cuenta de que solo fueron convocados por la ciudadanía para administrar una porción del presente y siempre con fecha de vencimiento. Les ha faltado la humildad de los grandes. Sus egos los han traicionado, colocándolos en un lugar en el que nunca estuvieron.

Fueron los aplaudidores de siempre los que los han elogiado desproporcionadamente haciéndoles creer que eran superiores.

La realidad está haciendo su parte y ahora se acerca el momento de vivir la etapa del declive, de esa cruel fase en el que los mismos que los apoyaban los reprueban, hasta el punto de ponerse en las filas adversarias para provocar su ocaso. No es más que el precio de los errores propios.
La gente lo sabe, o al menos lo intuye, aunque el pesimismo a veces juegue una mala pasada. Todo concluye en algún momento. Inclusive lo que vendrá también se agotará alguna vez. Aunque los que gobiernan se resistan, se enfaden y pataleen como un niño con berrinche, no lo podrán evitar. Todo termina algún día.



lunes, 7 de julio de 2014

Alberto Medina Méndez


ABUNDANTE DOCILIDAD


Por: Alberto Medina Méndez.  Presidente Fundación Club de la Libertad

Algunas naciones con múltiples posibilidades demoran demasiado en evolucionar. No lo hacen al ritmo que deberían. A veces ni arrancan ese vital proceso de desarrollo que dicen anhelar. En varios de esos países las riquezas naturales están por todas partes y las oportunidades disponibles son excesivamente evidentes.

Escoger las ideas incorrectas es parte sustancial de la explicación. Cuando se selecciona el camino inadecuado, el destino es el esperable y no otro. Si el presente no satisface es porque se ha transitado por una senda repleta de consignas falsas. Lo que se creía que conducía hacia el progreso no lo ha logrado, al menos no en la proporción deseada.

Pero también ilustra este momento, la excesiva sumisión de una sociedad que tiene más paciencia que ambición. Teniendo la chance de prosperar deliberadamente espera. No lo hace sin querer. Tiene plena conciencia de que su pasividad implica como consecuencia inevitable este presente.

Las sociedades que avanzan son más exigentes. Sus ciudadanos son menos tolerantes con lo imperfecto. No soportan la corrupción, ni se dejan engañar con tanta facilidad. Y cuando eso eventualmente sucede, tratan de aprender del error, señalando con claridad su absoluta disconformidad.

Los ciudadanos prefieren seguir en esa realidad virtual cuya inconfundible cualidad es su eterna esperanza. Sueñan con la oportunidad de torcer el rumbo. Piensan que se presentará casi mágicamente esa ocasión. Siguen creyendo en la ilusión de que la democracia que tanto veneran sirve por sí misma para superarse, sin comprender que eso funciona solo si la actitud cívica es la apropiada.

El cambio solo ocurrirá cuando se modifique sustancialmente la postura de los ciudadanos. La política no es más que una mera extensión de la vida en comunidad. Cuando la ciudadanía abandone la comodidad del silencio y deje de mirar para otro lado frente a cada despropósito, será entonces la ocasión de dar el giro tantas veces reclamado, pero casi nunca exigido.

Es la sociedad la que debe liderar este proceso de cambio y no la actividad política. Cuando la comunidad decida ser impiadosa con el error de sus dirigentes, será entonces el tiempo de cambiar la historia. Antes no.

Los ciudadanos de los países que han dado pasos firmes en el sendero acertado son menos obedientes. Y eso se verifica no solo en el campo de la política, sino en lo cotidiano. Ellos son habitantes que esperan más de sus semejantes. Exigen excelente trato si son clientes, respeto en todas las relaciones interpersonales y amabilidad en sus vínculos personales.

Quien no se ajusta a esas reglas no consigue desarrollar. No es una obligación formal, sino una norma no escrita de convivencia que permite valorizar a los mejores y relegar a los que no son parte de esa dinámica.

Esa conducta frente a todo no garantiza elegir el camino correcto, ni siquiera a la hora de optar por las ideas necesarias para prosperar, pero asegura que ante el fracaso se tiene capacidad de aprendizaje.

No se trata de encontrar un método infalible. De hecho no existe tal cosa como el mundo de las certezas en esto de tomar decisiones. Justamente por eso importa tanto tener el talento de maniobrar, para lo cual resulta central darse cuenta, asumir el error y reaccionar a la velocidad precisa para retomar la ruta que lleva hacia los objetivos esperados.

No es tarea sencilla semejante desafío. Volverse exigente es una gimnasia que empieza siendo individual, para luego convertirse en una característica social que se difunde por etapas y que resulta irresistible.

No hay que caer en el derrotismo de suponer que es imposible. Mucho menos en la trampa de asumir con resignación que solo es mero atributo cultural incorregible. De hecho quienes pasan de residir en comunidades mansas para luego radicarse en otras más rigurosas, aprenden con rapidez las nuevas reglas y se apropian de esa rutina con total convicción.

El primer paso es asumir el problema. Entenderlo, comprenderlo en toda su dimensión, para luego intentar convertirlo en un hábito, replicarlo en el entorno e instalarlo como costumbre natural en la vida en comunidad.

La clase política seguirá haciendo de las suyas si la sociedad no revisa sus actuales paradigmas. Ellos pueden manipular todo, mentir de modo serial, abusar de su poder, asignarse privilegios y delinquir crónicamente sin siquiera ofrecer algo como compensación. La calidad de los dirigentes se transforma solo cuando la gente es capaz de expulsar a los peores, y desde entonces lidiar únicamente con los que cumplen con cierto estándar.

Si se desea progresar, si realmente se espera vivir en una sociedad mejor, habrá que hacer los deberes primero. Una postura cívica responsable antecede a lo que se espera conseguir. Cuando la regla general es dejarse aplastar de forma cotidiana, permitir el saqueo como experiencia diario y la propuesta permanente es seguir en lo mismo, el resultado está a la vista. Una parte relevante de ese gran cambio que todos pretenden pasa por dejar de lado esta patética historia de abundante docilidad.