La publicación de estos apuntes sobre Historia Argentina, no tienen otra pretensión que prestar ayuda, tanto a estudiantes como a profesores de la materia en cuestión.

Muchos de ellos, simplemente son los apuntes confeccionados por el suscripto, para servir como ayuda memoria en las respectivas clases de los distintos temas que expusiera durante mi práctica en el Profesorado. Me daría por muy satisfecho si sirvieran a otras personas para ese objetivo.

Al finalizar cada apunte, o en el transcurso del mismo texto se puede encontrar la bibliografía correspondiente a los diferentes aspectos mencionados.

Al margen de ello invitaremos a personas que compartan esta metodología, a sumarse con nuevos apuntes de Historia Argentina.




Profesor Roberto Antonio Lizarazu

roberto.lizarazu@hotmail.com



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lunes, 9 de abril de 2012


El MOTÍN DE LAS TRENZAS

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Quien suponga que el denominado Motín de las trenzas, se trató de un hecho anecdótico, entre rebeldías soldadescas y motines de militares trasnochados está completamente equivocado. Cuando más adelante veamos la cantidad de bajas y luego los  fusilamientos y los ahorcamientos de los amotinados, repararemos que esto formó parte de la indefinición imperante del modelo de país que era deseado por algunos y rechazado por otros. Este fue un hecho plenamente  político y motivado por  el  manejo y acumulación del poder de las armas para poder gobernar.

Una de las pruebas de que este fue un hecho político lo da la circunstancia que un tercio  de la bibliografía denomina este lamentable hecho como Sublevación de los Patricios; otro tercio  como Motín de las Trenzas, y el último tercio directamente ignora el hecho como si nunca hubiese ocurrido. La diferencia semántica  entre sublevación y motín, justifica las drásticas medidas adoptadas por las autoridades del momento, por un hecho de indisciplina que tomado en su momento correcto hubiese terminado con unos días de arresto a los revoltosos pelilargos.

La explicación del tercio de los autores  que ignora el hecho pareciera estar fundada en Ricardo Levene, quien en la monumental obra que el dirigiera: Historia de la Nación Argentina, Tomo 5 Segundo. Capítulo XI, Formación del Triunvirato, página 369,  argumenta y justifica -extrañamente para un historiador- lo siguiente: “Según los documentos, relacionados con el 18 de diciembre de 1810 y el 25 de septiembre de 1811, en Buenos Aires no se había producido nada, o sea, las convulsiones correspondientes tenían lugar en forma secreta y con la conformidad de todos. Conviene subrayar ese admirable espíritu inicial de los hombres de mayo –pronto desaparecido- que consistía en una especie de tácita transacción o acuerdo para evitar el choque violento y la guerra civil.”

Se le debería haber explicado ese acuerdo de que “no había pasado nada” a los condenados que fueron fusilados y luego sus cuerpos exhibidos colgados  de las horcas  en la Plaza de la Victoria  como medida ejemplarizadora.

Conviene recordar que la plaza llevaba ese nombre “Victoria”, en homenaje a las heroicas acciones realizadas durante las invasiones inglesas, precisamente por los fusilados en ella. No se llamaba Victoria por los triunviros que acicateaban las ejecuciones.

Convendría precisar las vicisitudes de los gobiernos en el período mencionado por Levene. Entre el 18 de diciembre de 1810 y el 25 de septiembre de 1811. “Cuando no se había producido nada” y donde “las convulsiones correspondientes tenían lugar en forma secreta y con la conformidad de todos.” Los respectivos gobiernos fueron: la Primera Junta, la Junta Grande y el Primer Triunvirato. Pero no voy a entrar en sus detalles porqué nos distraería del tema de este comentario que es otro.

Todos los últimos cuerpos de Milicias Urbanas son organizados y proyectados por Liniers para enfrentar un hecho puntual: las invasiones inglesas. Estaban entre otros, los cuerpos de Gallegos, Andaluces, Catalanes, Vizcaínos y Montañeses, Cazadores Correntinos, Arribeños (los oriundos de las provincias de arriba), Pardos y Morenos, y los más numerosos los Patricios.

El Cuerpo de Legión de Patricios Voluntarios Urbanos de Buenos Aires,  tiene su origen el 6 de septiembre de 1806, en respuesta a la proclama del Virrey Santiago de Liniers y Bremond, ante la inminencia del ataque  de los invasores ingleses que ya habían tomado Montevideo. El Virrey dispuso que los voluntarios nativos de Buenos Aires se presentaran en el Fuerte el 15 de septiembre. La respuesta fue que 4.000 hombres se presentaran para ser alistados.

La principal característica de todas estas milicias urbanas constituía que la elección de sus jefes, oficiales y suboficiales, era por elección de todos sus integrantes. Un miembro un voto.

Existen varias y conocidas crónicas de oficiales ingleses que al desconocer este igualitario y democrático sistema de elección, se asombraban del trato de relación,  amistad y confianza que existía entre los jefes y los subalternos de los patricios.

Primeros Jefes del Cuerpo.

De la primera elección que se realiza en las instalaciones del Consulado de Comercio de Buenos Aires, y  llevada a cabo el 8 de noviembre de 1806, resultan electos como jefe del Cuerpo y Comandante del primer batallón, el Teniente Coronel Cornelio Saavedra, como Comandante del segundo batallón el Capitán Esteban Romero, como Comandante del tercer batallón el Capitán José Domingo Urien. Manuel Belgrano fue electo como Sargento Mayor. Dura en ese cargo hasta 1807 cuando ante la inminente segunda invasión inglesa es remplazada electoralmente, por Juan José Viamonte con igual grado de Sargento Mayor.

Es conveniente recordar que el electo Sargento Mayor Manuel Belgrano, goza en  el momento de la elección, del cargo de Primer y Único  Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires, casualmente   las instalaciones donde se realiza esta elección.  En ese importantísimo y perpetuo  cargo, -lo de perpetuo-,   característica monárquica si las hay,  había sido designado por orden del  Secretario de Estado del Reino de España, Manuel de Godoy, Duque de Alcudia, con ratificación de Carlos IV en junio de 1794.

El Motín propiamente dicho.

El 16 de noviembre de 1811, el nombramiento directo del Coronel Manuel Belgrano,   como Jefe sin la elección de la tropa  en sustitución de Saavedra, cayó en el Cuerpo como lo que fue, un desaire a la tradición del mismo. Belgrano por su parte adoptó medidas que podríamos definir por lo menos como inoportunas e innecesarias. Que la tropa se cortara la coleta,   que constituía el rasgo característico y de distinción del Cuerpo. Para comprender el simbolismo en la mentalidad de ese momento: Patricios sin coleta  era lo mismo  que pretender granaderos montados en petisos. Una chicana buscando la reacción de los burlados para poner ese cuerpo bajo otro mando.

José María Rosa lo explica perfectamente en su Historia Argentina, Tomo II, La Revolución, El triunvirato, página 346, que a las tradiciones de los pueblos hay que tomarlas en serio; y que están más allá de las modas o modernismos de los gobernantes de turno.

“La coleta, que venía desde los tiempos de Don Pedro de Cevallos, era mantenida en patricios como una tradición irrenunciable. Era preciado distintivo del cuerpo, porqué otros regimientos eran “pelones” según las ordenanzas militares en vigencia. Formaba un motivo de orgullo orillero: las modas tardan en llegar a los suburbios, y sus habitantes mantenían la coleta desde Carlos III, mientras los del centro se cortaban el pelo a la manera de Fernando VII o Napoleón. De la misma manera que la rústica chaqueta o saco era la casaca de otros tiempos que persistía.”
“La trenza se usaría hasta entrado el siglo 18 como distintivo varonil de las orillas; en los tiempos de Rosas sería sustituida por la porra y en los de Alsina por la melena.”

El Gobierno ante la previsible reacción que se veía venir, y por la pluma de Rivadavia, dio una proclama llamando a la “sobriedad, disciplina, orden y subordinación”, pero ya era tarde.

En la noche del 6 de diciembre  se produjo el motín. Desobedecidos los jefes y oficiales, fueron arrojados del cuartel, pidiendo el relevo de los mismos y autorización para elegir a los que debían reemplazarlos, tal como se había hecho al organizarse el cuerpo en 1806, cuando los jefes y oficiales fueron elegidos por votación de la tropa.

Como vimos antes por Ricardo Levene, que todos los acontecimientos de este período son considerados como si nada hubiese ocurrido; menos mal nos queda alguna documentación no oficial, ajena a esta singular política. Entre ellas, una carta a su gobierno del agente representante de los Estados Unidos en Buenos Aires, W. G. Miller donde narra que “Los sublevados pidieron se nombrara como Jefe del Cuerpo al Capitán José Pereyra Lucena por ser amigo de Saavedra y negándose a recibir como tal a Belgrano” entre otras consideraciones que harían muy extenso este comentario, referidas a la nueva y beneficiosa política comercial vigente entre estas pampas e Inglaterra.

La intervención, primero de mediación y luego de atenuar  la sentencia de muerte de los perdidosos, por parte de los obispos Lué y Orellana fracasaron estrepitosamente.  Las partes del conflicto estaban más empeñadas en torcer la mano del oponente y ejecutar como ejemplo político a los adversarios que  encontrar soluciones y coincidencias que las había a montones.

Finalmente el motín es aplastado con muertos y heridos por ambas partes. Rápidamente el 12 de diciembre se dictó sentencia contra los amotinados, la que se cumplió el 13 de diciembre de 1811. Cuatro sargentos, dos cabos y cuatro soldados fueron fusilados en la Plaza de la Victoria y expuestos colgados a la vista de los vecinos. Los Sargentos de Patricios Juan Ángel Colares, Domingo Acosta, Manuel Alfonso y José Enríquez. Los Cabos Manuel Pintos y Agustín Quiñones y los Soldados Agustín Castillo, Juan Herrera, Mariano Carmen y Ricardo Nonfres. A otros veinte se los condenó a presidio en la Isla Martín García con penas que oscilaban los diez años. Algunas crónicas sin documentar por supuesto, dan cuenta que en pocos meses los presidiarios, muchos de ellos buenos nadadores, prontamente encontraron conchabos en las distintas fuerzas policiales y militares de la Banda Oriental.

A partir del motín, el Cuerpo perdió no solamente las coletas de sus miembros sino también su nombre: Patricios de Buenos Aires y durante algunos años pasaron a llamarse Batallones Cívicos de Buenos Aires.  Es verdad que  al mando quedó Manuel Belgrano y los ex patricios participaran entre un innumerable número de hechos gloriosos, nada más ni nada menos, que en Rosario en la creación y en enarbolar por primera vez  el  pabellón nacional argentino.

Este hecho que comento ahora,  es sistemáticamente ignorado y no se registra en los planes de estudio de la materia Historia de ningún nivel, pero en 1830, Rosas le restituye al Cuerpo su original nombre de Patricios y posteriormente ordena su participación en las campañas del desierto de los años 1833 y 1834. Cuando en 1830 se restituye el  nombre original a los Patricios, también se realiza un homenaje y una misa, a la que por supuesto concurren Rosas y todo su gobierno en honor del Brigadier Cornelio de Saavedra, padre electo de los Patricios de Buenos Aires.

Fuente: Guillermo Furlong S.J. Cornelio de Saavedra, el padre de la patria. Buenos Aires, 1960.



lunes, 26 de marzo de 2012




Cuando Belgrano y Saavedra fueron carlotistas

Por: Roberto Antonio Lizarazu

La rivalidad existente entre España y Portugal por los territorios americanos es tan vieja como el Descubrimiento mismo. El Tratado de Tordesillas  de 1494, precisamente pretendía ordenar esa rivalidad entre las monarquías ibéricas en lo referente a sus pretensiones territoriales en el Nuevo Mundo.

Ese enfrentamiento permanentemente expresado en mutuas invasiones y ocupaciones, mantuvo en vilo a las autoridades de las partes y se constituyó en el transcurso de los siglos en la principal Política de Estado Colonial de las monarquías involucradas.

Todo este esquema se modifica de un plumazo cuando el ejército francés ingresa en España, en abril de 1808, con permiso del Rey Carlos IV, para en teoría invadir Portugal y deponer a la Reina consorte de Portugal Carlota Joaquina Teresa de Borbón, casada con Juan VI de Portugal e  hija primogénita  del Rey Carlos IV de España.  Por supuesto el ejército francés además de llegar a Portugal, también se queda en España como ejército de ocupación. En España luego de varias tratativas la corona pasa de Carlos IV a su hijo Fernando VII. Todo el proceso que continúa a partir de ese momento es el enfrentamiento entre los hermanos Fernando VII de España contra Carlota Joaquina de Portugal, quien pretendía por ser primogénita también la corona española. Los que apoyan las pretensiones imperiales  lusitanas se denominaban Carlotistas y los que apoyaban a Fernando VII Juntistas.

Cuando Napoleón invade España, la corona portuguesa, con un pragmatismo muy particular, abandona Portugal y les cede todo el país  a los ejércitos franceses y traslada la corte a Brasil. Más de 15000 personas ocupando toda la flota disponible que tuviese posibilidad de cruzar el Atlántico, parten a fundar el nuevo imperio lusitano-brasileño. El concepto era: no importa que el país se pierda mientras se salve la casa real.  Pragmático criterio utilizado reiteradas veces en la Historia, con mucho éxito para las monarquías y con pésimos resultados para las naciones y sobre todo para sus súbditos, que quedaban en la más absoluta indefensión.

En el Río de la Plata, la clase dirigente política también se dividió de igual manera. Unos apoyaban a un Rey, a Fernando VII (Juntistas) y  otros apoyaban a una Reina, Carlota Joaquina (Carlotistas). Ambos hermanos. No hay que asustarse ni rasgarse las vestiduras. Hasta ese momento todos eran monárquicos.  ¿Y los independentistas? ¿Y los republicanos? Por ahora duermen la larga siesta de la gran aldea y la seguirán haciendo por lo menos un lustro más.
Habría que reconocer que, probablemente, la única voz en ese momento en el Río de la Plata,  en 1808,  que utilizaba la palabra “independencia”, era José Artigas, pero carecía de la gravitación y la infraestructura necesaria para grandes emprendimientos.

Una vez instalada la corte de los Braganza en Río de Janeiro, Carlota Joaquina organizó un eficiente sistema de representantes y embajadores que, adelantándose a su tiempo en la importancia de las comunicaciones, servían de eficiente nexo entre la Reina consorte hispano portuguesa y sus adherentes y también con los que la Reina consorte pretendía ganar para su partido. Es notable la cantidad de correspondencia de y hacia Carlota que se redactó y que, llamativamente, se conserva integra. El responsable de esta tarea fue el notable Secretario Real,  el español José Presas, quien era el encargado de traducir del portugués al español y del español al portugués, todos los mensajes y la correspondencia. José Presas había organizado un cuerpo de “Mensajeros de la Infanta” que se encargaban, con el rango de embajadores, de distribuir y retirar los despachos.

Manuel Belgrano y Cornelio Saavedra fueron algunos de los que recibieron correspondencia de la Reina Consorte. Por supuesto ambos contestaron como fieles súbditos que eran. Primero transcribiré la respuesta de Cornelio Saavedra. El hallazgo de estas copias es mérito del doctor Enrique Ruiz Guiñazú (1884-1967), jurista, diplomático y político argentino, quien las halló luego de varios años de husmear archivos en Itamaratý.

“Nada he hecho que no haya conformado a los sentimientos de amor y fidelidad que profeso a mi Augusto Soberano y Su Real Familia, y que siguiendo el ejemplo de mis mayores conservaré eternamente: por esto es que me son muy mucho más dignas de respeto y gratitud las expresiones con que V.A.R. ha querido honrarme por mis cortos servicios; ellas, Señora, serán su estímulo siempre poderoso para seguir con mis esfuerzos por la justa causa, y contribuir a que estos Dominios no reconozcan otro gobierno que el Monárquico, ni otra Dinastía que la de la Real Casa  de V.A.R. cuyos derechos son para mi de la mayor veneración, y exigen que me postre con el más sumiso acatamiento ante V.A.R.
Buenos Aires, 17 de julio de 1809, Señora A.L.R.P. de V.A.R.
Firmado: Cornelio de Saavedra.”

En la misma fecha contestó su carta Manuel Belgrano. Esta correspondencia la llevó a Río de Janeiro Felipe da Silva Telles Contucci, quien era uno de los “Mensajeros de la Infanta”, con residencia permanente en Buenos Aires. Como Belgrano era un activo Carlotista, de hecho el jefe de los Carlotistas, su misiva fue más extensa y ratifica su
absoluta dependencia de vasallaje a los humores de la Reina Consorte.

“Las expresiones con que la Real Benevolencia de V.A.R. se ha dignado distinguirme, son, seguramente, un premio que mi gratitud jamás sabrá olvidar, y que no creía haber merecido, cuando sólo, ejercía actos obligatorios de mi amor, respeto y fiel vasallaje a V.A.R. única Representante legítima que, en el día conozco de mi Nación.
Todos mis conatos, Señora, son dirigidos, a lograr que V.A.R. ocupe el Solio de sus Augustos Progenitores; dando la tranquilidad a estos sus dominios que, de otro modo, los veo precipitarse a la anarquía y males, que le son consiguientes.

La Junta Central ignorante, a la verdad, de su actual estado, ha puesto a este Pueblo en conmoción con sus decisiones aprobatorias de la conducta de aquellos mismos que han vejado la  Autoridad Real con tanto escándalo; y es de temerse que si el nuevo Virrey, imbuido en iguales ideas, procediese sin prudencia, como ya ha principiado, queriendo trastornar la ley en el modo de su recibimiento, plantifique el desorden que reina en la Península, y nuestros males se pongan en estado de incurables.

Firme en obedecer a V.A.R. ejecutaré gustoso su Real Voluntad para que llegue a su Real Noticia cuanto creyera digno, muy pronto se me presentará oportunidad de dar a V.A.R., una idea cabal de nuestra simpatía; lo que ahora no ejecuto porque, puede decirse así, todo está en suspenso, y tal vez mis ideas anticipadas caerían en error; que procuro evitar para que si V.A.R. se digna oírme, sus providencias traigan el carácter de la Sabiduría que las ha distinguido.

Lo que puedo asegurar a V.A.R., desde ahora, que no hay hombre de bien que no mire en su Real Persona el sostén de la Soberanía Española, el apoyo de los derechos de la Nación y de los Vasallos, y el único refugio que le queda a este Continente para gozar tranquilidad, y llegar al grado ventajoso de que es capaz.

Nuestro Señor guarde la importante vida de V.A.R. muchos y felices años para bien de sus dominios, Buenos Aires, 17 de julio de 1809
Firmado: Manuel Belgrano”

Aclaro que las abreviaturas V.A.R. y A.L.R.P.  usadas por ambos remitentes quieren decir: Vuestra Alteza Real y A Los Reales Pies.

Fuente de la documentación: Vicente D. Sierra. Historia de la Argentina, Tomo IV, 1800-1810, pag. 440 a 442.



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