La publicación de estos apuntes sobre Historia Argentina, no tienen otra pretensión que prestar ayuda, tanto a estudiantes como a profesores de la materia en cuestión.

Muchos de ellos, simplemente son los apuntes confeccionados por el suscripto, para servir como ayuda memoria en las respectivas clases de los distintos temas que expusiera durante mi práctica en el Profesorado. Me daría por muy satisfecho si sirvieran a otras personas para ese objetivo.

Al finalizar cada apunte, o en el transcurso del mismo texto se puede encontrar la bibliografía correspondiente a los diferentes aspectos mencionados.

Al margen de ello invitaremos a personas que compartan esta metodología, a sumarse con nuevos apuntes de Historia Argentina.




Profesor Roberto Antonio Lizarazu

roberto.lizarazu@hotmail.com



lunes, 2 de abril de 2012




LA FEDERALIZACIÓN DE BUENOS AIRES

Por: Roberto Antonio Lizarazu
El 24 de agosto de 1880, el Congreso Nacional desde su sede provisoria del Partido de Belgrano, pone bajo su jurisdicción al territorio de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.  Este Partido de Belgrano de la provincia de Buenos aires, había sido previamente federalizado a efectos de que las autoridades nacionales residan en él;  y el Congreso sesionara como tal, en el actual edificio del Museo Histórico Sarmiento.

Conviene aclarar que el territorio de la Ciudad de Buenos Aires, llegaba hasta la avenida Centroamérica, actualmente avenidas Pueyrredón y Jujuy, que eran simplemente unos intransitables zanjones que unían los Corrales Viejos (Parque Patricios) y Tierra del Fuego (Recoleta). Eso era la Ciudad de Buenos Aires, todo lo que venía después era la Provincia de Buenos Aires.

No pretendemos argumentar lo contrario y restar importancia al peso poblacional y al factor de la económica de la Ciudad de Buenos Aires, y sobre todo a la circunstancia de que al ser de hecho el único puerto de relativas aguas profundas del país, la Aduana se encontraba en Buenos Aires. Todo lo que entraba y salía en blanco desde el Virreinato, desde la Confederación y desde la República, hacía (pagaba) aduana en Buenos Aires. También siempre existió lo que entraba y salía en negro, pero eso es otro tema y no es un tema menor.

Pero el verdadero opositor a la federalización, por que era el principal perjudicado, era la Provincia de Buenos Aires. Hay que decirlo: demográficamente y comercialmente la Provincia de Buenos Aires, tenía ya en ese momento, proporcionalmente, mayor peso que cualquier provincia  de nuestro país, y por supuesto que la Ciudad de Buenos Aires. De hecho la Ciudad era su propia ciudad capital de la provincia. A La Plata hubo que crearla luego.

En el censo nacional de 1895,  inmediatamente después de la federalización, La Capital  dio 663.854 habitantes y eso que ya se le habían sumado los Partidos de Belgrano y el de San José de Flores, conviertiéndose en barrios (parroquias) de la Capital. La suma de los territorios de ambos partidos y de la original Capital hasta la calle Centroamérica, es exactamente el actual territorio de la Capital Federal. La Provincia de Buenos Aires, que ya para ese censo había perdido ambos Partidos, dio 921.168 habitantes. Esa tendencia, acentuándose gradualmente, perdura hasta la actualidad y constituye el mayor de los problemas de nuestra deformación demográfica, haciendo imposible la viabilidad del desarrollo armónico de nuestro país.

Ahora intentaremos ver como se llega a la Federalización en 1880. Nuestra Constitución Nacional de 1853, en su artículo 3º establecía: “Las autoridades que ejercen el Gobierno federal, residen en la ciudad que se declare Capital de la República por una ley especial del Congreso, previa cesión hecha por uno o más legislaturas provinciales, del territorio que haya de federalizarse.” Este artículo sigue en plena vigencia en la actualidad y es el art. 3º de la CN del 22 de agosto de 1994.

La representación equitativa de las provincias en la Convención Constituyente provocó el rechazo de Buenos Aires (Ciudad y Provincia) a la que la forma federal de gobierno adoptada por la Convención intentaría privar de muchos de los privilegios, produciéndose la separación del Estado de Buenos aires del resto de la Confederación y su rechazo a la federalización de la ciudad impidió que se cumpliera el articulo 3º de la CN y determinó que  el gobierno de la Confederación Argentina se instalara en la ciudad de Paraná, entonces capital de la Provincia de Entre Ríos, que fue federalizada totalmente (Territorio Federal de Entre Ríos 1854-1859).

Intentando atenuar el conflicto, los convencionales no fijaron en el texto constitucional la condición federal de Buenos Aires  y si redactaron y aprobaron una ley especial sancionada el 6 de mayo de 1853, pocos días después de la jura de la CN. El desconocimiento de Buenos Aires  de la jurisdicción de la Convención llevaría a la Provincia a separarse de hecho de la Argentina hasta 1880, cuando se reincorporó a cambio de la modificación del texto constitucional suprimiéndose la federalización de la provincia. Hubo que crear una capital para la provincia de Buenos aires. Se federalizó la Capital pero no la provincia.

Entre 1860 y 1880, las autoridades federales dejaron Entre Ríos y residieron en Buenos Aires, pero no gobernaban la ciudad ni su territorio. Eran huéspedes de Buenos Aires, no gobernantes. Esta extraña situación duró hasta que los intereses políticos se hicieron valer.

Nicolás Avellaneda fue consagrado como candidato presidencial del interior y Bartolomé Mitre que pretendía lo mismo, era el candidato de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires. Este encabezó el alzamiento en la Capital  y el Gobernador de Buenos Aires Carlos Casares, que era mitrista,  apoyó el alzamiento contra el gobierno federal. A esta primera revolución motivada por la capitalización de Buenos Aires, algunos  autores la denominan “Revolución Liberal de Mitre” y cuatro años más tarde a los sucesos bélicos que ocurrieron  y también motivados por la mencionada capitalización de Buenos Aires, los autores  denominan generalmente como “Revolución de 1880″.

Los sucesos de 1874. Este alzamiento liberal de Mitre, da como resultado dos enfrentamientos: el de La Verde y el de Santa Rosa.
Batalla de La Verde. El 26 de noviembre de 1874 se enfrentan en la estancia La Verde, Partido de 9 de Julio, las fuerzas nacionales del Teniente Coronel José Inocencio Arias y las liberales del Coronel Bartolomé Mitre. Vencen las tropas nacionales comandadas por Arias. Y como dato complementario se puede mencionar que uno de los muertos del bando liberal es el Coronel Juan Francisco Borges, abuelo de nuestro Jorge Luís Borges. Como trágica ironía Borges y Arias eran amigos personales  de toda la vida. Luego de su triunfo Arias es ascendido a Coronel y luego llegaría a gobernador de Buenos Aires ya como General.
Batalla de Santa Rosa. En realidad hay dos batallas de Santa Rosa. Las dos ocurrieron en el mismo sitio, en Santa Rosa, Provincia de Mendoza. Ocurrieron el 29 de octubre y el 7 de diciembre de 1874. Los actuantes en la primera de ellas fueron las tropas del Ejército Argentino (pro Avellaneda) comandadas por el coronel Amaro Catalán y las del Ejército Liberal (pro Mitre) comandadas `por José Miguel Arredondo. En esta primera Santa Rosa, las fuerzas de Arredondo derrotan a las de Catalán, falleciendo el mismo en el enfrentamiento.

Muerto el Coronel Catalán, así como Sarmiento había recurrido a Julio Argentino Roca para la batalla de Ñaembé,  que ya vimos en otro comentario, ahora el flamante presidente  Nicolás Avellaneda, igualmente recurre a Julio Argentino Roca para oponerse al Ejército Liberal comandado por Arredondo.

Arredondo prepara el sitio del enfrentamiento en el mismo lugar que había vencido a Catalán, en Santa Rosa. Defiende su posición con una ancha zanja y un parapeto de tierra. El lugar se encuentra rodeado de montes bajos pero que son imposibles de transitar para la caballería.

El Zorro muestra la cola y sigue haciendo de las suyas. A la mañana del 7 de diciembre de 1874, Roca guiado por un baqueano llega al sitio del enfrentamiento por la retaguardia, siguiendo el único sendero que podía esquivar la posición atrincherada de los revolucionarios. La desorientación es total y luego de reaccionar de la sorpresa que esperaban las tropas de Roca por el frente, este atacaría por la retaguardia y vence a Arredondo con gran cantidad de prisioneros.

El mismo Arredondo se encuentra en esa situación. Un par de noches después, Roca se entera que Arredondo sería fusilado por orden presidencial. De común acuerdo entre Roca y Arredondo.  Se simula una fuga y en compañía de varios oficiales  escapan hacia la frontera con Chile, donde llegan la semana siguiente y piden asilo político.

Roca tenía un verdadero complejo de culpa con los fusilamientos, por que unos años antes y en otras circunstancias había ordenado fusilar a un baqueano que resultó totalmente inocente. Roca había jurado delante de sus oficiales no ordenar jamás el fusilamiento de nadie. Pero este es otro tema para otro comentario.

Tanto Sarmiento como Avellaneda con sus encargos a Roca, le allanaron  el camino hacia su propia presidencia y engrandecieron la figura del tucumano.

Pero para llegar a la federalización de hecho de la Ciudad de Buenos Aires, todavía faltan los últimos enfrentamientos, los de la denominada “Revolución de 1880″, todos estos muy cercanos a la misma ciudad. Las batallas de Olivera (Partido deLuján) de Puente Alsina, de Barracas y de los Corrales Viejos.

1.- El 17 de junio de 1880. La Batalla de Olivera (Partido de Luján). Es una victoria del Ejército Argentino comandado por el General Eduardo Racedo contra el Ejército de la Provincia de Buenos Aires, comandado por el Coronel José Inocencio Arias. Se debe notar que el Coronel Arias es el mismo que en 1874 derrota a Mitre en La Verde,  actuando en el bando que ahora combatía.

2.-  El 20 de junio de 1880. La Batalla de Barracas (Partido de Avellaneda). Se enfrentan el Ejército Argentino al mando del Coronel Nicolás Levalle contra el Ejército de la Provincia de Buenos Aires, al mando de José Inocencio Arias. En esta batalla ambas partes se atribuyeron la victoria y las tropas de Arias terminaron atrincherándose en la margen derecha del Riachuelo, ya en el actual barrio de Barracas. En 1880, Barracas  se denominaba a ambos lados del Riachuelo.

3.- El 21 de junio de 1880. La Batalla de Puente Alsina. Se enfrentan el Ejército Argentino al mando del General Eduardo Racedo y las de la Provincia de Buenos Aires al mando de nuestro conocido José Inocencio Arias. Nuevamente ambos bandos se atribuyen la victoria.  El Puente Alsina queda en poder de las tropas de Racedo y Arias se traslada hacia los Corrales Viejos.

4.- El 22 de junio de 1880. La Batalla de los Corrales Viejos. Finalmente en lo que en ese momento sería el último de los combates de las guerras civiles argentinas, se enfrentan el Ejército Argentino comandado por el General Nicolás Levalle y el Ejército de la Provincia de Buenos Aires, al mando del Coronel Hilario Lagos (hijo).

En realidad la batalla se produjo un par de leguas al oeste de los Corrales Viejos. Fue en el entonces Partido de Flores, lo que hoy se denomina Bajo Flores. Desde los Corrales Viejos (actual Parque Patricios) partieron las  tropas de Levalle que habían hecho noche ahí. La suerte de la batalla fue incierta, a pesar de ello ambos bandos se dieron por vencedores.

Este fue el final, fue el último de los combates de las denominadas guerras civiles argentinas. El final momentáneo de la última guerra civil. La victoria de las fuerzas nacionales obligó a los rebeldes porteños y provinciales a aceptar las imposiciones del gobierno nacional. Todo esto por la federalización de la Ciudad de Buenos Aires, para que Buenos Aires sea la capital de toda la República Argentina.

Algunos autores optimistas calculan que solamente en pérdidas humanas, por este motivo y entre los años 1874 a 1880, hubo 4500 muertos y 11000 heridos y los autores pesimistas dan 7000 muertos y 14000 heridos. Todo por que unos decían federalización si y otros federalización no de Buenos Aires. Pareciera demasiado alto el costo. Que incapacidad que  tuvimos siempre para resolver los conflictos de manera armónica, pacífica y legal.



domingo, 1 de abril de 2012


LA MUERTE DE DORREGO, algunas de sus consecuencias

PRIMERA PARTE

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Sabemos que el gobernador de la provincia de Buenos Aires, el Coronel Manuel Críspulo Bernabé Dorrego (1) (1787-1828), ante la revolución encabezada por el General Juan Galo de Lavalle (1797-1841),  es fusilado en Navarro por orden del segundo, el 13 de diciembre de 1828, como hecho culminante  de dicha revolución.

Resumiendo al máximo los sucesos previos podemos mencionar que: Dorrego se dirige a Cañuelas donde estaban reunidos varios cuerpos de Milicias del Sur, bajo el mando de Juan Manuel de Rosas. El 6 de diciembre de 1828, Lavalle salió   de Buenos Aires en busca de Dorrego, a quien derrotó el día 9 en Navarro. Mientras Rosas marchó hacia Santa Fe buscando apoyo  de Estanislao López, Dorrego prefirió llegar hasta Areco donde se hallaba un acantonamiento militar,  destinado a proteger la frontera noroeste de los indios y comandada por el Coronel Ángel Pacheco. El 10 de diciembre, al anochecer, alcanzó el puesto “El Clavo”. Allí lo detuvo el sargento mayor Mariano Acha, por orden del teniente coronel Bernardo Escribano, que estaba al frente del Regimiento de Húsares Nº 5 de línea y comienza la trama final del drama.

Al margen de las numerosas  consecuencias políticas que derivaron de esa innecesaria ejecución, la trágica muerte de Dorrego y sus particulares circunstancias, ha producido en nuestra historia un innumerable material que merece ser estudiado con la mayor seriedad, que impone un hecho desafortunado e impregnado con la mayor de las pasiones políticas mostradas a flor de piel.  Una de las tantas derivaciones a nivel  del estudio de la disciplina histórica es la crónica que de ese hecho hacen los diversos testigos del mismo. Otra la numerosa correspondencia que Dorrego escribe a distintos personajes, a familiares íntimos y a varios amigos personales en los instantes previos a su ejecución.  Intentaré presentarlas agrupadas por grupos de destinatarios.

La pretensión de este comentario es mostrar a los lectores  la innegable importancia de la subjetividad cuando una persona opina sobre algo. Dos o más personas son testigos oculares de algo. Estuvieron en el mismo sitio observando el mismo hecho y sin embargo sus crónicas difieren, muchas veces, sustancialmente; o su atención se centra en aspectos que otro testigo no repara para nada.

Cartas redactadas por Dorrego cuando ya se encontraba prisionero, pero ignoraba su suerte final y pretendía exiliarse en Estados Unidos vía la Banda Oriental.

Carta a Guillermo Brown. (2)

“Señor don Guillermo Brown.
Mi apreciado amigo:
Voy a esa, preso en mi tránsito para la provincia de Santa fe, de donde me dirigiría a la provincia oriental solicitando hospitalidad.
No dudo que usted hará valer su posición para que se me permita ir a los Estados Unidos, dando fianzas de que mi permanencia allí será por el término que se me designe.
Mis servicios al país creo merecen esta consideración, al mismo tiempo que el que usted influirá a que se realice.
Deseo me oiga usted a la llegada a esa.
Su afectísimo Q.S.M.B.
Manuel Dorrego
Cañada de Giles, en marcha a 11 de diciembre de 1828.”

Carta a José Miguel Díaz Vélez (3)

“Señor don José Miguel Díaz Vélez
Mi querido amigo:
Ya estoy en marcha en calidad de prisionero, y el jefe de este regimiento me ha permitido dirija a usted ésta, que es reducida a que tenga usted la bondad de verme en el momento de mi llegada a esa, y creo que no será difícil se conformen después de oírme, con las indicaciones que haré con respecto a la cuestión del día.
No olvide usted que la lenidad ha dirigido mi administración.
Es de usted afectísimo, Q.S.M.B.
Manuel Dorrego
Somos 11 de diciembre.”

Ambos destinatarios a quienes escribiera Dorrego, reaccionaron de manera diferente. Brown como gobernador provisorio actuó acorde a sus funciones del momento, dado que respondía a Lavalle que era el Gobernador. Este período de Brown, lo podríamos denominar como su período unitario. Años más tarde se haría Federal y partidario de Rosas. En ese momento Brown le informó a Lavalle sobre la carta de Dorrego y opinó con severidad respecto a su pedido de exilio. Es indudable que Brown también sumó su grano de arena para el logro del trágico final. En cambio José Miguel Díaz Vélez, quien también era el Ministro General de Lavalle; y unitario declarado de siempre,  fue el único de los dos que le respondió la carta a Dorrego y socialmente, que no era poca cosa en esos momentos, se comportó en esta circunstancia con mayor altura.  Ambas notas  se transcriben seguidamente:

Carta de Guillermo Brown a Lavalle

“Buenos Aires, diciembre 12 de 1828 (en la noche)
Señor Gobernador don Juan Lavalle
Mi apreciado señor:
El Coronel Dorrego se halla preso, y al gobierno delegado no le ha parecido bien que se introduzca su persona en esta capital, por la agitación que se ha sentido en ella luego que se anunció su captura; en consecuencia, se ha mandado lo conduzca con toda seguridad al teniente coronel Escribano al punto donde usted se halle con el ejército.
La carta original de Dorrego que incluyo a usted le informará de sus deseos de salir a un país extranjero, bajo seguridades; mi opinión a este respecto como particular, está de conformidad, pero asegurando su comportación (sic) de no mezclarse en los negocios políticos de este país con una fianza de 200 a 300 mil pesos, de que responderán sus amigos en debida forma, antes de permitir su embarco por la Ensenada. Esta es mi opinión privada, mas usted dispondrá lo que considere mejor para asegurar los grandes intereses de la provincia; quedando su muy atento amigo y servidor Q.S.M.B.
W. Brown
Adición: La carta marchará mañana por haberla dejado en mi casa.
W. Brown.”

Carta de Miguel Díaz Vélez a Manuel Dorrego

“Señor don Manuel Dorrego
Mi querido amigo:
Consultando los deseos de usted, manifestados en carta al señor gobernador delegado, (Brown) se ha resuelto que vuelva a Navarro a presentarse en el cuartel general.
Espero que obtendrá lo que desea, y a esto tienden nuestros esfuerzos.
Aquí han estado su hermana y sobrinas; las he consolado y haré otro tanto con mi señora Angelita. (la señora de Dorrego)
No debe dudar un momento de la amistad del que es su siempre seguro amigo que S.M.B.
José Miguel Díaz Vélez”.

Cartas de Dorrego cuando, llegado a Navarro, Lavalle asumiendo toda la responsabilidad de la ejecución, ya había ordenado la misma en un plazo perentorio.

Correspondencia a sus familiares. Carta de Manuel Dorrego a su esposa.

“Mi querida Angelita:
En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir;  ignoro por qué; más la Providencia divina, en la cual confío en este momento critico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.
Mi vida, educa a esas amables criaturas, (sus dos hijas) sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado. M. Dorrego.”
A medida que escribe algo, repara en detalles que le quedan faltantes y en nuevos papeles, redacta agregados referidos a deudas varias  e importes y bienes que le adeudan a él.

Agregado a su esposa. “Mi vida: Mándame hacer funerales, y que  sean sin fausto. Otra prueba de que muero en la religión de mis padres. Tu Manuel.”

Nuevas indicaciones a su esposa. Todas ellas están redactadas individualmente, en papeles separados que Dorrego agregó en el mismo paquete dirigido a su señora.
“Un documento de un diputado de Catamarca de cinco mil y pico de pesos contra el Estado, declaro que estaba en mi poder y pienso se habrá quemado.”
“También otros de Tierras de … a medias conmigo.”
“Díaz, el que fue guarda, tiene unos documentos de tierras mías en Arroyo …”
“Pido a Fortunato Miró que haga una transacción con don Francisco Elia.”
“Todos los documentos de minas en compañía de Lecoc, están en la cómoda vieja, que Lecoc sea dueño de todas y dé a mi familia lo que tuviese a bien.”
“Doscientos pesos plata a don Pablo Alemán, de Salta.”
“Que Fortunato te entregue lo que en su conciencia crea tener mío.”
“Calculo que Azcuénaga me debe como tres mil pesos.”
“José María Miró, mil quinientos.”
“Don José María Rojas, seis mil.”
“Debo una letra de tres mil quinientos pesos a doña Isabel Axes.”
“De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, solo recibirás las dos terceras partes, el resto lo dejarás al Estado.”
“A Manuela, la mujer de Fernández, le darás trescientos pesos.”
“A mis hermanos y demás coherederos debes darles o recabar de ellos como  mil quinientos pesos, que recuerdo tomé de mi padre y no he repartido a ellos.”

Esquelas dirigidas a sus hijas Angelita e Isabel.

“Mi querida Angelita: Te acompaño esa sortija para memoria de tu desgraciado padre. Manuel Dorrego.”
“Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hicístes a tu infortunado padre. M. Dorrego.”

Por razones de espacio quedan pendientes para una Segunda Parte, la correspondencia remitida por diferentes testigos y participantes del fusilamiento. Que en realidad es la más extensa.

Fuentes: Ángel Justiniano Carranza. El General Lavalle ante la justicia póstuma.  Librería Hachette S.A. Buenos Aires, 1941.
Carlos Parsons Horne. Biografía del Coronel Manuel Dorrego. Imprenta y Casa Editora “Coni”, Buenos Aires, 1922

Aclaraciones: (1) Los padres de Manuel Dorrego fueron el comerciante portugués Josué Antonio do Rego y la dama criolla María de la Ascensión Salas. El apellido Dorrego es una castellanización de do Rego.

(2) Dorrego escribe a Brown por que éste era el Gobernador Provisorio, dado que Lavalle estaba en campaña.

(3)  José Miguel Díaz Vélez era el Ministro General de la gobernación de Lavalle.




LA MUERTE DE DORREGO. Versión del Coronel Juan Estanislao Elías

SEGUNDA PARTE
Por: Roberto Antonio Lizarazu
Esta carta es la versión de lo ocurrido según Juan Estanislao Elías. Le narra en la misma a su hijo menor Ángel Elías,   quien se encontraba residiendo en Buenos Aires; y  está fechada en Tucumán el 13 de junio de 1869. Cuenta el suceso luego de más  de cuarenta años de ocurrido  el fusilamiento, el que acaeciera el 13 de diciembre de 1828. (1)

“… En el acto que llegó el coronel Dorrego, el general Lavalle me llamó y me dijo:
Vaya usted a recibirse a Dorrego que confío a su celo y vigilancia,  y como la tropa que ha traído el comandante Acha debe retirarse, lleve usted una compañía de infantería para cuidar de él.
Llevé, en cumplimiento de esa orden, una compañía mandada por el capitán Mansilla (2), y me situé en una casa de espacioso patio a las inmediaciones del cuartel general.

Muy luego el general Lavalle con el ejército, se fue a situar en la estancia de Almeyda, más allá de Navarro.
Luego que me recibí del coronel Dorrego y que hube tomado todas las medidas de seguridad conveniente, me aproximé al carro en que Dorrego se hallaba, y le dije:
Coronel, estoy encargado de custodiarlo y responder de su persona. Entonces él, con esa amabilidad que lo distinguía, me alargó la mano y me dijo:
Mucho me felicito de que usted haya sido elegido para desempeñar ese cargo.

El coronel Dorrego me significó en seguida la necesidad que sentía de alimentarse. Poco después le fue servido un abundante almuerzo.
Este caballero insistió porque yo subiera al carro para almorzar con él, a lo que no accedí con excusas honorables.

Era la una de la tarde cuando recibí un papelito del general Lavalle que contenía lo siguiente: “Elías: Sé que Dorrego tiene bastantes onzas de oro, recójalas usted y dígale que no necesita de ellas, pues para todos sus gastos usted le suministrará lo que necesite”. (3) Esto se lo dije al coronel Dorrego, teniendo yo la delicadeza de no hacer registrar el carruaje, pues me había asegurado de no tener un solo peso, y porque, debo decir la verdad, me lastimaba el abatimiento de un hombre a cuyas órdenes había hecho como ayudante, la campaña de Santa Fe y asistido a la desastrosa batalla de Pavón, en la que perdió el ejército por temeridad e impaciencia en no esperar las fuerzas de Buenos Aires que se hallaban inmediatas.

Como a la una y cuarto, recibí por un ayudante del general Lavalle la orden de trasladarme con el coronel  Dorrego al cuartel general.
En el acto estuve en marcha, pero Dorrego, inquietado por esta maniobra, me llamó y me dijo:
Elías, ¿Dónde me lleva usted?

Coronel, le contesté, al cuartel general, situado en la estancia de Almeyda.
Entonces me preguntó si allí estaban el general don Martín Rodríguez y el coronel La Madrid. Le contesté afirmativamente y manifestó satisfacción.

No habíamos andado media legua, cuando por el camino de Buenos Aires me alcanzó un comisario de policía acompañado de dos gendarmes en caballos agitados por la precipitación de la marcha. Traía pliegos urgentes que contenían la súplica del gobierno delegado para que el coronel Dorrego saliera fuera del país.
Dorrego, que todo observaba con inquietud, me preguntó:
¿Qué quiere este hombre?
Yo le dije la verdad. Entonces me dijo:
Mi amigo, hace un sol y calor terribles, suba usted al carro y marchará con más comodidad.

Le agradecí este ofrecimiento que repitió con insistencia.
Cerca de las dos de la tarde hice detener el carro frente a la sala que ocupaba el general Lavalle y, desmontándome del caballo, fui a decirle que acababa de llegar con el coronel Dorrego.

El general se paseaba agitado, a grandes pasos, y al parecer sumido en una profunda meditación, y apenas oyó el anuncio de la llegada de Dorrego, me dijo estas palabras que aún resuenan en mis oídos después de cuarenta años:

Vaya usted e intímele que dentro de una hora será fusilado.
El coronel Dorrego había abierto la puerta del carruaje y me esperaba con inquietud. Me aproximé a él conmovido y le intimé la orden funesta de que era portador.

Al oírla el infeliz se dio un fuerte golpe en la frente, exclamando: ¡Santo Dios!
Amigo mío -me dijo entonces- proporcióneme papel y tintero y hágame llamar con urgencia al clérigo Castañar, mi deudo, al que quiero consultar en mis últimos momentos.
Efectivamente, poco después estuvo ese sacerdote al lado del coronel Dorrego, que escribía.

Castañar estaba impasible y veía a la victima conmovido.
Yo estuve al pie del carro como una estatua y pude presenciar la entrega que le hizo Dorrego de un pañuelo que contenía algunas onzas de oro.
Como la hora funesta se aproximaba, el coronel Dorrego me llamó y me dio las cartas, una que todo el mundo conoce, para su esposa, y la otra de que yo solo conozco su contenido, para el gobernador de Santa Fe, don Estanislao López.

Ambas cartas se las presenté al general Lavalle, quien sin leerlas me las devolvió, ordenándome que entregase la dirigida a su señora y que a la otra no le diera dirección.

Formado ya el cuadro y en el momento de marchar al patíbulo, Dorrego, que estaba pálido y extremadamente abatido, me llamó y me dijo:
Amigo mío, hágame llamar al coronel La Madrid, pues deseo hablarle dos palabras en presencia de usted.

Mientras llegaba este jefe que en el acto hice llamar, me dijo:
A su amigo el general Rondeau y al General Balcarce, dígales usted que les dejo la última expresión de mi amistad.

El coronel La Madrid se presentó y Dorrego lo abrazó con ternura, y sacándose la chaqueta de paño azul bordada que tenía, se la dio al coronel pidiéndole en cambio otra de escocés que tenía puesta. Además, le entregó unos suspensores (tiradores) de seda que habían sido bordados por su hija Angelita,  rogándole que se los entregara.
Todo había acabado…

Dorrego, apoyado en el brazo del coronel La Madrid y en el del clérigo Castañar, marchó lentamente al suplicio.

Un momento después oí la descarga que arrebato la vida a ese infeliz. Yo no quise presenciar ese acto cuyas tristes consecuencias preveía.
Yo me hallaba mudo al lado del general Lavalle que profundamente conmovido me dijo:
Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable.
En seguida escribió su célebre parte del gobierno delegado, participándole la ejecución del coronel Dorrego.”
“Juan Estanislao Elías a Ángel Elías, Tucumán 13 de junio de 1869.”

(1) El Coronel Juan Estanislao de Elías y Larreategui, fue un destacado militar argentino de larga trayectoria e innumerables participaciones en diversas campañas durante la primera mitad del siglo 19. Nació en Charcas, Alto Perú el 07.03.1802 cuando pertenecía al Virreinato del río de la Plata y falleció en Tucumán el 30.03.70, un  año después de escribir la carta que nos ocupa. Varios autores sostienen que la misma se debió a un intento de dejar por escrito su versión y deslindar responsabilidades, que por otra parte nunca le correspondieron, en este luctuoso hecho.

(2) “El Capitán Mansilla”, de las tropas de Lavalle, es el que con los años sería el General Lucio Norberto Mansilla, cuñado de Rosas al casarse con su hermana Agustina Ortiz de Rozas (ella no se cambió el apellido).
Este aspecto de que las personas cambien de bando político, fue y sigue siendo lo más habitual y no debe extrañar para nada. Él mismo Elías efectúa el mismo proceso de cambio, pasa del unitarismo con Lavalle y de combatir contra Rosas, al federalismo con Urquiza, para terminar siendo mitrista.  En 1852, luego de Monte Caseros,  es nombrado por Urquiza Embajador de la Confederación Argentina ante Bolivia. Durante su último lustro de vida, fue en Tucumán, un activo partidario mitrista.

(3) No debería extrañar un gesto tan poco honorable por parte de Lavalle, como es el encargarle a un subalterno que le pida el dinero que lleva encima un condenado a muerte. La sociedad porteña lo ubicaba muy justicieramente entre el grupo de “Los tarambanas”. Varios historiadores como: “La espada sin cabeza” y José María Rosa como “El cóndor ciego”, habiéndole dedicado con este título un libro a su figura;  aunque dada la característica de este deshonroso gesto que nos narra Elías, los motes podrían ser muy bien de otro tenor.

Fuentes: Vicente Osvaldo Cutolo. Nuevo Diccionario Biográfico Argentino. Editorial Elche, Buenos Aires, 1987.
Ángel Justiniano Carranza. El General Lavalle ante la justicia póstuma, Buenos Aires, Librería Hachette S.A. 1941
Carlos Parsons Horne. Biografía del coronel Manuel Dorrego, Buenos Aires, Imprenta y Casa Editora “Coni”. 1942

Aclaración. En la primera entrega sobre el fusilamiento de Dorrego, expliqué que el apellido Dorrego era una castellanización del apellido portugués Do Rego. Era hijo de Josué Antonio Do Rego y de María de la Asunción Salas. Por ironías del destino, el apellido de Lavalle tampoco era Lavalle, era De La Valle. Era hijo de Manuel José De La Valle y Cortés, y de María Mercedes González Bordallo.




LA MUERTE DE DORREGO, Versión de Gregorio Aráoz de La Madrid

TERCERA PARTE

Por: Roberto Antonio Lizarazu

Juntamente con la versión de Elías, esta es la segunda versión de testigos presenciales de los hechos, dado que ambos, Elías y La Madrid estuvieron en el lugar, hablaron con Dorrego y observaron lo ocurrido.  Fácilmente se pueden encontrar varias diferencias en las apreciaciones de lo observado; o uno repara en  detalles que el otro no menciona. Probablemente la verdad se encuentre en la síntesis de ambas.

Gregorio Aráoz de La Madrid  deja estos recuerdos en su clásica “Memoria del General Gregorio Aráoz de La Madrid”. El suscrito toma este texto del volumen segundo de la edición en rústica de EUDEBA, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Dos tomos, 1968.

Existieron varias impresiones anteriores a la de EUDEBA, de distintas editoriales  pero en la actualidad aún se puede conseguir una notable edición más moderna y de mejor impresión, publicada por la Editorial Elefante Blanco en 1989, con ilustraciones efectuadas por artistas de primer orden,   en papel ilustración. Una pequeña joya de la bibliografía histórica argentina.

El General Gregorio Aráoz de La Madrid, (1795-1857) nace en Tucumán y para 1811, a los dieciséis años ya se había alistado en la milicia provincial, donde obtuvo su despacho de Teniente. Desde Vilcapugio, Ayohuma, Venta y Media y Sipe Sipe como oficial de Belgrano, pasando por ayudante de San Martín en varias de sus campañas y llegando  hasta Caseros tomó parte en la gran mayoría de los combates por nuestra independencia y en los de la guerra civil entre federales y unitarios hasta Monte Caseros en 1852, donde participó como comandante del ala derecha de la caballería entrerriana-correntina que estaban al mando de Urquiza y de Benjamín Virasoro.  Es más fácil si hiciéramos una lista  donde no participó, que numerar en las que si lo hizo.

En le guerra civil, aproximadamente entre 1820 y 1852, casi siempre luchó por el bando unitario, pero ¡Oh! sorpresa no siempre fue así, entre 1937 y 1940 ya con el cargo de general, fue uno de los jefes militares  más destacados de la Confederación Argentina bajo el mando de Rosas. Este dato se olvida mencionarlo cuando se narra ese período. Lo que suele denominarse como “memoria sesgada con finalidades políticas”.
Lamadrid no demoró tanto como Elías para dejar sus Memorias, para 1860 ya se conocían de manera fraccionada las conocidas “Memorias” de La Madrid. La parte respecto al fusilamiento de Dorrego es la siguiente:

“… Antes de llegar preso a Navarro el gobernador Dorrego habíame dirigido una esquela escrita con lápiz, me parece que por conducto de su hermano don Luis, suplicándome, que así que llegara al campamento,  le hiciese la gracia de solicitar permiso para hablarle antes que nadie.
Yo, sin embargo del desagradable recibimiento que dicho gobernador me había hecho a mi llegada de las provincias no pude dejar de compadecerme por su suerte y el modo como había sido tomado; pues aunque tenía sus rasgos de locura y era de carácter atropellado y anárquico, no podía olvidar que era un jefe valiente, que había prestado servicios importantes en la guerra de nuestra independencia; y en fin, que era gobernador legítimo de la provincia y mi compadre además.

En el momento de recibir dicha carta o papel, fui y se la presenté al general Juan Lavalle, para solicitar su permiso para hablar con el señor Dorrego, así que llegara. Dicho general, impuesto de ella me permitió pasar a verle y lo hice en efecto, al momento mismo de haber parado el birlocho y habiéndome abrazado, díjome:

Compadre, quiero que usted me sirva de empeño en esta vez para con el general Lavalle, a fin de que me permita un momento de entrevista él.  Prometo a usted que todo quedará arreglado pacíficamente y se evitará la efusión de sangre, de lo contrario, correrá alguna: no lo dude usted.
Compadre, con el mayor gusto voy a servir a usted en este momento, le dije, y me bajé asegurándole que no dudaba lo conseguiría.

Corrí a ver al general; hícele presente el empeño justo de Dorrego, y me interesé porqué se le concediera; mas viendo yo que se negó abiertamente, le dije:

¿Qué pierde el señor general con oírle un momento, cuando de ello depende quizá el pronto sosiego y la paz de la provincia con los demás pueblos?

No quiero verle ni oírle un momento… fue su respuesta.

Aseguro a mis lectores que sentí sobre mi corazón en aquel momento, el no haberme encontrado fuera cuando la revolución, y mucho más, al verme al servicio de un hombre tan vano y tan poco considerado.
Salí desagradado, y volví sin demora con esta funesta noticia a mi sobresaltado compadre. Al dársela, se sobresaltó aún más, pero lleno de entereza, me dijo:

Compadre, no sabe Lavalle a lo que se expone con no oírme. (1) Asegúrele usted que estoy pronto a salir del país, a escribir a mis amigos de las provincias que no tomen parte alguna por mí, y dar por garantes de mi conducta y de no volver al país al ministro inglés y al señor Forbes, norteamericano; que no trepide en dar este paso por el país mismo.

Aseguro que me conmovieron tan justas reflexiones; pero le repuse:
Compadre,  conozco la fuerza y la sinceridad de las razones que usted da; pero por lo que visto en este mismo momento, dificulto que el general se preste porque lo acabo de considerar el hombre más terco. Sin embargo, voy a repetirle sus instancias; pero le pido a usted que se tranquilice, pues no creo deba temer por su vida.
Haga lo que quiera, fue su respuesta; nada temo, sino las desgracias que sobrevendrían al país.

Bajéme conmovido, y pasé con repugnancia a ver al general. Apenas me vio entrar, díjome:

Ya se le ha pasado la orden para que se disponga a morir, pues dentro de dos horas será fusilado. No me venga usted con nuevas peticiones de su parte.
Me quedé frío…
General, le dije, ¿Por qué no le oye un momento, aunque le fusile después?
No quiero, díjome, y me salí en extremo desagradado; y sin ánimo para volver a verme con mi compadre, me retiré a mi campo, pero allí se me presentaba un soldado a llamarme de parte de Dorrego, pidiéndome que fuera en el acto.
No había remedio, era preciso complacerlo en sus últimos momentos. Estaba yo conmovido y marché al instante. Al subir al birlocho, se paró con entereza y me dijo:

¡Compadre, se me acaba de dar la orden de prepararme a morir dentro de dos horas!  A un desertor al frente del enemigo, a un bandido se le da más término, y no se condena sin oírlo y sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha dado esa facultad a un general sublevado?
Proporcióneme usted, compadre, papel y tintero, y hágase de mi lo que se quiera. Pero cuidado con las consecuencias.

Salí corriendo y volví al instante con lo necesario para que escribiera. Tómolo y puso a su señora la carta que ha sido ya litografiada y es de conocimiento público. Al entregármela, se quitó una chaqueta bordada con trencilla y muletillas de seda, y me la alcanzó diciendo:

Esta chaqueta se la presentará con la carta a mi Ángela,  de mi parte, para que la conserve en memoria de su desgraciado esposo.
Desprendiéndose en seguida unos suspensores (tiradores) (2) bordados en seda, y sacándose un anillo de oro de la mano, me lo entregó con la misma recomendación, previniéndome que los suspensotes se los diera a su hija mayor, pues eran bordados por ella, y el anillo a la menor; pero no recuerdo sus nombres.
Habiéndome entregado todo esto, agregó:
¿Tiene usted, compadre, una chaqueta, para morir con ella?
Traspasado yo de oírle expresar con la mayor sangre fría cuanto he relatado, le contesté:
Compadre, no tengo otra chaqueta que la puesta, pero voy a traerla corriendo, y me bajé llevando la carta y las referidas prendas.

Llegado a mi alojamiento, me quité la chaqueta, púseme la casaca que tenía guardada, acomodé en mi valija los presentes de mi compadre y su carta y volví al carro. Estaba ya con el cura o no recuerdo qué eclesiástico, y al entregarle mi chaqueta dentro del carro, me reconvino por qué no me había puesto la suya; y habiéndole yo respondido que tenía esa casaca guardada, me hizo más fuertes instancias para que fuese a ponerme su chaqueta y regresara con ella. Me fue preciso obedecer, y volví al instante vestido con ella, y después de haberle dado un rato de tiempo para que se reconciliara, subí al carro a su llamado.

Fue entonces que me pidió le hiciera el gusto de acompañarle, cuando lo sacaran al patíbulo. Me quedé cortado a esta insinuación y hube de vacilar. Contestéle todo conmovido, denegándome, pues no tenía corazón para acompañarle en ese lance:

¿Por qué compadre  -me dijo con firmeza- , tiene usted a menos el salir conmigo? ¡Hágame este favor, que quiero darle un abrazo al morir!
No, compadre, le dije con voz ahogada por el sentimiento. De ninguna manera tendría yo a menos salir con usted, pero el valor me falta y no tengo corazón para verle en ese trance. Abracémonos aquí y Dios le dé resignación.

Nos abrazamos y bajé corriendo con mis ojos anegados por las lágrimas.
Marché derecho a mi alojamiento, dejando ya el cuadro formado. Nada vi de lo que pasó después, ni podía aún creer lo que había visto.
La descarga me estremeció y maldije la hora en que me había prestado a salir de Buenos Aires.

Retirados los cuerpos (3) del lugar de la ejecución, se me avisó, o que el general había llamado a todos los jefes, o que todos iban a verle sin ser llamados. No puedo afirmar con verdad cuál de las dos cosas fue; pero si, que juzgué de mi deber ir.

Puestos todos en presencia del general Lavalle, dijo éste, poco más o menos, lo que sigue:
Estoy cierto de que si yo hubiese llamado a todos los jefes a consejo, para juzgar a Dorrego, todos habrían sido de mi opinión; pero soy enemigo de comprometer a nadie, y lo he fusilado de mi orden. La posteridad me juzgará.”

(1) Las consecuencias más perniciosas fueron: contribuir con más odio mortal a una guerra civil de dos décadas, seguida por un enfrentamiento por la organización nacional de otras dos décadas. Cuarenta años de enfrentamientos armados entre argentinos que podrían haberse intentado evitar, en algún momento había que comenzar y ese fue una circunstancia clave para hacerlo, mirar para un mismo lado, cosa que a los argentinos nos parece imposible de lograr.

(2) El tema de los cinturones y los suspensores -que sostenían los pantalones- no era un aspecto menor en los que se preparaban para morir fusilados y menos los ahorcados, que luego eran expuestos durante varios días, como medida ejemplarizadora.
Un clásico sobre este tema, es el que se produjo cuando la ejecución de Don Ciríaco Cuitiño  y su preocupación sobre este aspecto.  Solo mencionaré que cuando Cuitiño fue fusilado junto con Leandro N. Alem el 28.12.1853, pide un cinturón más grueso  y cose sus pantalones al cinturón, diciendo: “Como después de fusilado nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones”.

(3) Se debe notar que La Madrid menciona “los cuerpos”. Efectivamente fueron varios los oficiales ejecutados. ¿Alguien alguna vez estudió en la Historia Argentina, que cuando es fusilado Dorrego se hayan ejecutado a otras personas? Oportunamente nos ocuparemos del tema.





CUANDO ALBERDI CONOCIÓ A ROSAS

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Sabemos que Juan Bautista Alberdi fue un acérrimo opositor político de Rosas de toda su vida. Pero personalmente no se conocían, sin embargo gracias a que Juan Bautista Alberdi dejara escritas sus memorias en un imperdible libro “Escritos Póstumos” de varios tomos, se puede encontrar la descripción que hace Alberdi sobre el día que conoció a Rosas en Inglaterra  y sus impresiones sobre ese encuentro.

Estas son transcripciones de Alberdi y me eximen de cualquier comentario. Si Alberdi habla, en este caso si Alberdi escribe, lo mejor que puedo hacer es quedarme callado.

Cuadro de situación. Después de Caseros, Rosas se encuentra exiliado en Inglaterra. Urquiza preside la Confederación Argentina desde la Bajada del  Paraná y Alberdi  viaja a Inglaterra como ministro plenipotenciario representante de la Confederación Argentina en Europa. En nuestro país se encuentra en ese momento   en pleno proceso el juicio contra Rosas iniciado por Buenos Aires.

"Escritos Póstumos", Tomo XVI, páginas 554 y 555. “18 de octubre de 1857.  Anoche conocí a Rosas. Consentí en encontrarme con él en casa de Mr. Dickson, por sus actuales circunstancias. Procesado sin discernimiento, ni derecho, quise protestar en cierto modo contra eso, tratándole. La actitud respetuosa a la Nación y a su gobierno nacional, me han hecho menos receloso hacia él.”

“Hablaba en inglés, con las damas cuando yo entré.  El señor Dickson nos presentó y me dio la mano con palabras corteses. Poco después me habló aparte, sentándonos en sillas opuestas por él ambas. Me encargó de asegurar al general Urquiza la verdad de lo que me decía como a su representante en estas Cortes: que estaba intensamente reconocido por su conducta recta y justa hacia él; que si algo poseía hoy para vivir, a él se lo debía. Me renovó a mí sus palabras de respeto y sumisión al gobierno nacional.”

“Al verle le hallé más viejo que lo creía, y se lo dije. Me observó que no era para menos, pues tenía 64 años. Al ver su figura toda, le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación, porque es la de uno de esos locos y medianos hombres en que abunda Buenos Aires, deliberados, audaces en la acción y pocos juiciosos. Buenos Aires es el que pierde el concepto a los ojos del que ve a Rosas de cerca. ¿Cómo ha podido este hombre dominar ese pueblo a tanto extremo?, es lo que uno se repite dentro de sí al conocerle.”

“Habló mucho. Habla inglés, mal, pero sin detenerse, con facilidad. Es jovial y atento en sociedad. Después de la mesa, cuando se alejaron las señoras, habló mucho de política: casi siempre se dirigió a mí y varias veces vino a mi lado. Me llamaba señor ministro, y a veces paisano; otras por mi nombre. Acababa de leer, él, todo lo que trajo el vapor de antes de ayer sobre su proceso. No por eso estaba menos jovial y alegre.”

“Me llaman por edictos, decía. ¿Pues estoy loco para ir a entregarme para que me maten? Niega a Buenos Aires el derecho de juzgarlo. Repite como de memoria las palabras de su protesta (la defensa del juicio). Dice que el gobierno, la autoridad soberana o superior, a que ella alude, es el gobierno de la Nación o Confederación; no el de Buenos Aires.”

"Le oí que Anchorena era el exclusivo autor y partidario del aislamiento de Buenos Aires, como ciudad escéptica. Se quejó de Anchorena: le calificó de ingrato. Recordó que al acercarse Urquiza a Buenos Aires, Anchorena le dijo a él que si triunfaba Urquiza no le quedaba más remedio que agarrarse de los faldones de la casaca de Urquiza y correr su suerte aunque fuese al infierno, y que en seguida le abandonó. Recordó que toda su fortuna (Anchorena) la había hecho bajo su influencia.”

“Habló con moderación y respeto de todos sus adversarios, incluso de Alsina. Recordó que él que ordenó la ejecución de los de San Nicolás, está legalizado por Maza. El no niega el hecho de esa ejecución: lo  califica de hecho político de la guerra civil de esa época.”
“Habló mucho de caballos, de perros, de sus simpatías por la vida inglesa, de su pobreza actual, de sus economías, de su caballo y de los caballos ingleses.”

“No es ordinario. Está bien en sociedad. Tiene la fácil y suelta expedición de un hombre acostumbrado a ver desde lo alto el mundo. Y sin embargo, no es un fanfarrón, ni arrogante, tal vez por eso mismo, como sucede con los lores de Inglaterra, las más suaves y amables gentes de este país. Su fisonomía no es mala. Se parece poco a sus retratos. La cabeza es chica, y la frente, echada atrás, es bien formada, más bien que alta. Los ojos son chicos. Está cano. No tiene bigotes, ni patilla. No estaba bien vestido. No tenía ropa hecha en Londres.”

“Ha venido por quince días a imprimir y publicar su protesta (la defensa del juicio). Me dijo que no había sacado plata de Buenos Aires, pero si, todos sus papeles históricos, en cuya autoridad descansaba. El dice que guarda sus opiniones, sin perjuicio de su respeto por la autoridad de la nación.”

“Recordó que él no había echado a Rivadavia, ni hubiera rehusado recibirlo. Fue bajo Viamonte, según dijo, el destierro de aquél.”

Juan Bautista Alberdi, finaliza este recuerdo de Rosas  en sus "Escritos Póstumos" con un categórico: “Después de Balcarce, ningún porteño en Europa, me ha tratado mejor que Rosas, anoche en mi carácter de ministro  representante de la Confederación Argentina.”