La publicación de estos apuntes sobre Historia Argentina, no tienen otra pretensión que prestar ayuda, tanto a estudiantes como a profesores de la materia en cuestión.

Muchos de ellos, simplemente son los apuntes confeccionados por el suscripto, para servir como ayuda memoria en las respectivas clases de los distintos temas que expusiera durante mi práctica en el Profesorado. Me daría por muy satisfecho si sirvieran a otras personas para ese objetivo.

Al finalizar cada apunte, o en el transcurso del mismo texto se puede encontrar la bibliografía correspondiente a los diferentes aspectos mencionados.

Al margen de ello invitaremos a personas que compartan esta metodología, a sumarse con nuevos apuntes de Historia Argentina.




Profesor Roberto Antonio Lizarazu

roberto.lizarazu@hotmail.com



miércoles, 23 de enero de 2013

Cornelio de Saavedra


El MOTÍN DE LAS TRENZAS

Por: Roberto Antonio Lizarazu

Quien suponga que el denominado Motín de las trenzas, se trató de un hecho anecdótico, entre rebeldías soldadescas y motines de militares trasnochados está completamente equivocado. Cuando más adelante veamos la cantidad de bajas y luego los  fusilamientos y los ahorcamientos de los amotinados, repararemos que esto formó parte de la indefinición imperante del modelo de país que era deseado por algunos y rechazado por otros. Este fue un hecho plenamente  político y motivado por  el  manejo y acumulación del poder de las armas para poder gobernar.

Una de las pruebas de que este fue un hecho político lo da la circunstancia que un tercio  de la bibliografía denomina este lamentable hecho como Sublevación de los Patricios; otro tercio  como Motín de las Trenzas, y el último tercio directamente ignora el hecho como si nunca hubiese ocurrido. La diferencia semántica  entre sublevación y motín, justifica las drásticas medidas adoptadas por las autoridades del momento, por un hecho de indisciplina que tomado en su momento correcto hubiese terminado con unos días de arresto a los revoltosos pelilargos.

La explicación del tercio de los autores  que ignora el hecho pareciera estar fundada en Ricardo Levene, quien en la monumental obra que el dirigiera: Historia de la Nación Argentina, Tomo 5 Segundo. Capítulo XI, Formación del Triunvirato, página 369,  argumenta y justifica -extrañamente para un historiador- lo siguiente: “Según los documentos, relacionados con el 18 de diciembre de 1810 y el 25 de septiembre de 1811, en Buenos Aires no se había producido nada, o sea, las convulsiones correspondientes tenían lugar en forma secreta y con la conformidad de todos. Conviene subrayar ese admirable espíritu inicial de los hombres de mayo –pronto desaparecido- que consistía en una especie de tácita transacción o acuerdo para evitar el choque violento y la guerra civil.”

Se le debería haber explicado ese acuerdo de que “no había pasado nada” a los condenados que fueron fusilados y luego sus cuerpos exhibidos colgados  de las horcas  en la Plaza de la Victoria  como medida ejemplarizadora.

Conviene recordar que la plaza llevaba ese nombre “Victoria”, en homenaje a las heroicas acciones realizadas durante las invasiones inglesas, precisamente por los fusilados en ella. No se llamaba Victoria por los triunviros que acicateaban las ejecuciones.

Convendría precisar las vicisitudes de los gobiernos en el período mencionado por Levene. Entre el 18 de diciembre de 1810 y el 25 de septiembre de 1811. “Cuando no se había producido nada” y donde “las convulsiones correspondientes tenían lugar en forma secreta y con la conformidad de todos.” Los respectivos gobiernos fueron: la Primera Junta, la Junta Grande y el Primer Triunvirato. Pero no voy a entrar en sus detalles porqué nos distraería del tema de este comentario que es otro.

Todos los últimos cuerpos de Milicias Urbanas son organizados y proyectados por Liniers para enfrentar un hecho puntual: las invasiones inglesas. Estaban entre otros, los cuerpos de Gallegos, Andaluces, Catalanes, Vizcaínos y Montañeses, Cazadores Correntinos, Arribeños (los oriundos de las provincias de arriba), Pardos y Morenos, y los más numerosos los Patricios.

El Cuerpo de Legión de Patricios Voluntarios Urbanos de Buenos Aires,  tiene su origen el 6 de septiembre de 1806, en respuesta a la proclama del Virrey Santiago de Liniers y Bremond, ante la inminencia del ataque  de los invasores ingleses que ya habían tomado Montevideo. El Virrey dispuso que los voluntarios nativos de Buenos Aires se presentaran en el Fuerte el 15 de septiembre. La respuesta fue que 4.000 hombres se presentaran para ser alistados.

La principal característica de todas estas milicias urbanas constituía que la elección de sus jefes, oficiales y suboficiales, era por elección de todos sus integrantes. Un miembro un voto.

Existen varias y conocidas crónicas de oficiales ingleses que al desconocer este igualitario y democrático sistema de elección, se asombraban del trato de relación,  amistad y confianza que existía entre los jefes y los subalternos de los patricios.

Primeros Jefes del Cuerpo.

De la primera elección que se realiza en las instalaciones del Consulado de Comercio de Buenos Aires, y  llevada a cabo el 8 de noviembre de 1806, resultan electos como jefe del Cuerpo y Comandante del primer batallón, el Teniente Coronel Cornelio Saavedra, como Comandante del segundo batallón el Capitán Esteban Romero, como Comandante del tercer batallón el Capitán José Domingo Urien. Manuel Belgrano fue electo como Sargento Mayor. Dura en ese cargo hasta 1807 cuando ante la inminente segunda invasión inglesa es remplazada electoralmente, por Juan José Viamonte con igual grado de Sargento Mayor.
Es conveniente recordar que el electo Sargento Mayor Manuel Belgrano, goza en  el momento de la elección, del cargo de Primer y Único  Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires, casualmente   las instalaciones donde se realiza esta elección.  En ese importantísimo y perpetuo  cargo, -lo de perpetuo-,   característica monárquica si las hay,  había sido designado por orden del  Secretario de Estado del Reino de España, Manuel de Godoy, Duque de Alcudia, con ratificación de Carlos IV en junio de 1794.

El Motín propiamente dicho.

El 16 de noviembre de 1811, el nombramiento directo del Coronel Manuel Belgrano,   como Jefe sin la elección de la tropa  en sustitución de Saavedra, cayó en el Cuerpo como lo que fue, un desaire a la tradición del mismo. Belgrano por su parte adoptó medidas que podríamos definir por lo menos como inoportunas e innecesarias. Que la tropa se cortara la coleta,   que constituía el rasgo característico y de distinción del Cuerpo. Para comprender el simbolismo en la mentalidad de ese momento: Patricios sin coleta  era lo mismo  que pretender granaderos montados en petisos. Una chicana buscando la reacción de los burlados para poner ese cuerpo bajo otro mando.

José María Rosa lo explica perfectamente en su Historia Argentina, Tomo II, La Revolución, El triunvirato, página 346, que a las tradiciones de los pueblos hay que tomarlas en serio; y que están más allá de las modas o modernismos de los gobernantes de turno.

“La coleta, que venía desde los tiempos de Don Pedro de Cevallos, era mantenida en patricios como una tradición irrenunciable. Era preciado distintivo del cuerpo, porqué otros regimientos eran “pelones” según las ordenanzas militares en vigencia. Formaba un motivo de orgullo orillero: las modas tardan en llegar a los suburbios, y sus habitantes mantenían la coleta desde Carlos III, mientras los del centro se cortaban el pelo a la manera de Fernando VII o Napoleón. De la misma manera que la rústica chaqueta o saco era la casaca de otros tiempos que persistía.”
“La trenza se usaría hasta entrado el siglo 18 como distintivo varonil de las orillas; en los tiempos de Rosas sería sustituida por la porra y en los de Alsina por la melena.”

El Gobierno ante la previsible reacción que se veía venir, y por la pluma de Rivadavia, dio una proclama llamando a la “sobriedad, disciplina, orden y subordinación”, pero ya era tarde.

En la noche del 6 de diciembre  se produjo el motín. Desobedecidos los jefes y oficiales, fueron arrojados del cuartel, pidiendo el relevo de los mismos y autorización para elegir a los que debían reemplazarlos, tal como se había hecho al organizarse el cuerpo en 1806, cuando los jefes y oficiales fueron elegidos por votación de la tropa.

Como vimos antes por Ricardo Levene, que todos los acontecimientos de este período son considerados como si nada hubiese ocurrido; menos mal nos queda alguna documentación no oficial, ajena a esta singular política. Entre ellas, una carta a su gobierno del agente representante de los Estados Unidos en Buenos Aires, W. G. Miller donde narra que “Los sublevados pidieron se nombrara como Jefe del Cuerpo al Capitán José Pereyra Lucena por ser amigo de Saavedra y negándose a recibir como tal a Belgrano” entre otras consideraciones que harían muy extenso este comentario, referidas a la nueva y beneficiosa política comercial vigente entre estas pampas e Inglaterra.

La intervención, primero de mediación y luego de atenuar  la sentencia de muerte de los perdidosos, por parte de los obispos Lué y Orellana fracasaron estrepitosamente.  Las partes del conflicto estaban más empeñadas en torcer la mano del oponente y ejecutar como ejemplo político a los adversarios que  encontrar soluciones y coincidencias que las había a montones.

Finalmente el motín es aplastado con muertos y heridos por ambas partes. Rápidamente el 12 de diciembre se dictó sentencia contra los amotinados, la que se cumplió el 13 de diciembre de 1811. Cuatro sargentos, dos cabos y cuatro soldados fueron fusilados en la Plaza de la Victoria y expuestos colgados a la vista de los vecinos. Los Sargentos de Patricios Juan Ángel Colares, Domingo Acosta, Manuel Alfonso y José Enríquez. Los Cabos Manuel Pintos y Agustín Quiñones y los Soldados Agustín Castillo, Juan Herrera, Mariano Carmen y Ricardo Nonfres. A otros veinte se los condenó a presidio en la Isla Martín García con penas que oscilaban los diez años. Algunas crónicas sin documentar por supuesto, dan cuenta que en pocos meses los presidiarios, muchos de ellos buenos nadadores, prontamente encontraron conchabos en las distintas fuerzas policiales y militares de la Banda Oriental.

A partir del motín, el Cuerpo perdió no solamente las coletas de sus miembros sino también su nombre: Patricios de Buenos Aires y durante algunos años pasaron a llamarse Batallones Cívicos de Buenos Aires.  Es verdad que  al mando quedó Manuel Belgrano y los ex patricios participaran entre un innumerable número de hechos gloriosos, nada más ni nada menos, que en Rosario en la creación y en enarbolar por primera vez  el  pabellón nacional argentino.

Este hecho que comento ahora,  es sistemáticamente ignorado y no se registra en los planes de estudio de la materia Historia de ningún nivel, pero en 1830, Rosas le restituye al Cuerpo su original nombre de Patricios y posteriormente ordena su participación en las campañas del desierto de los años 1833 y 1834. Cuando en 1830 se restituye el  nombre original a los Patricios, también se realiza un homenaje y una misa, a la que por supuesto concurren Rosas y todo su gobierno en honor del Brigadier Cornelio de Saavedra, padre electo de los Patricios de Buenos Aires.

Fuente: Guillermo Furlong S.J. Cornelio de Saavedra, el padre de la patria. Buenos Aires, 1960.




martes, 22 de enero de 2013

Jorge Mariano Mitre


JORGE MARIANO MITRE. Un poeta y su tragedia

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Bartolomé Mitre fue Presidente de la Nación entre 1862 y 1868. Sarmiento lo sucede y asume el 12 de octubre de 1868; y seguramente el peor momento que Mitre tiene que haber pasado en su ámbito privado en esos años,  debe haber sido el suicidio de su hijo Jorge Mariano, de dieciocho años recién cumplidos.

Ni siquiera pretenderé interpretar las motivaciones ni los porqués llevaron al talentoso Jorge Mariano a adoptar esa extrema medida; y resumiré los hechos lo más objetivamente que me permita el tema.
Jorge Mariano Mitre (1852-1870) fue el cuarto hijo  de los seis que tuviera el matrimonio entre Bartolomé Mitre y Delfina de Vedia. A la temprana edad de trece años comienza a perfilarse como un notable y precoz creador en el campo de la literatura. A esa edad escribe un excelente poema, titulado “A México”,  en el que narra la resistencia de la nación mexicana ante las dos invasiones francesas que sufriera  en el siglo 19.
Jorge Mariano era distinto, era diferente a los demás adolescentes, a los diecisiete años goza de una fama literaria impensada. Era precoz y comienza a caminar por los extraños caminos de los círculos literarios porteños. Hijo del Presidente de la República, de muy buena posición económica, incipiente poeta y literato ya reconocido por la crítica y por la sociedad. Todo esto tiene que marear al más centrado. Pero ese éxito lo lleva a abandonar sus estudios  y entra en razonables conflictos familiares con sus padres, y con sus hermanos mayores.

Para los lectores que lo crean interesante, la obra completa de Jorge Mariano Mitre se encuentra recopilada en su libro “Poesías”, editado en Buenos Aires, por Editorial El Ateneo, 1945. Igualmente Ricardo Rojas en su monumental Historia de la Literatura Argentina, Los Modernos, Tomo VII, de Editorial Kraft, Buenos Aires, 1957, reproduce casi completamente la obra del joven Mitre.

Al llegar Sarmiento a la Presidencia en 1868, nombra como presidente de la delegación argentina ante Brasil, con el cargo de embajador plenipotenciario al general Wenceslao Paunero, íntimo amigo de Mitre. Bartolomé vio como una oportunidad este nombramiento de Paunero y le pide a Sarmiento que en la delegación ante Brasil, nombre como integrante de la misma a su hijo Jorge Mariano, al que el notaba “como demasiado disperso en actividades que no lo llevarían por la senda de la prosperidad”, según sus propias palabras.

Jorge Mariano toma esta designación de la peor manera, como si fuese una penalidad de ostracismo. Paunero lo recibe y lo trata como si fuera su propio hijo. Un trabajo en la delegación argentina en Río de Janeiro, donde dependía de un amigo de su padre y donde su única tarea debe haber sido dedicarse a escribir lo que quisiera, resulta para él, un preanuncio de la tragedia.

Ya antes de partir, el 14 de septiembre de 1870, deja cartas a dos de sus amigos, despidiéndose con un terminante e inexplicable “Parto para siempre”.

Desde Río escribe a su madre en relación a que no le agrada ni su trabajo ni Río de Janeiro: “Y todo esto, sin embargo, sólo logra llenarme de tristeza y melancolía” “… Prefiero pisar de nuevo las llanuras áridas de mi patria”.

El desenlace. El joven Mitre participa en una de las permanentes reuniones sociales que se realizan en la Embajada y conoce a una señorita brasileña. De común acuerdo quedan en verse, pasando la  medianoche en el dormitorio de la joven, cuya casa quedaba apenas a seis cuadras de la delegación.  El plan de los enamorados se ve frustrado por  una criada que oye ruidos en la alcoba y descubre a la pareja.  Gran escándalo familiar y nuestro joven poeta esa noche termina preso. El padre de la novia denuncia lo ocurrido ante el Ministerio de Negocios Extranjeros de Brasil y  el escándalo familiar termina convirtiéndose  en un conflicto diplomático.

A la mañana siguiente Paunero logra ponerlo en libertad y decide, con muy buen criterio, alejarlo  del lugar del conflicto, y alejarlo de la ofendida familia de la joven, planeando que Jorge Mariano regrese a Buenos Aires a la mayor brevedad.

La noche anterior a su viaje de regreso, el joven Mitre, decide terminar con todos los problemas, tomando la peor de las opciones para solucionar algo de lo que aún era factible ser solucionado. Escribe varias cartas, una de ellas a su madre, donde intenta explicar lo inexplicable: “No porqué me tiemble el pulso dejo de tener el alma entera, en posesión de todas mis facultades. Soy de mi muerte el único culpable”. Y luego escribe una inexplicable argumentación: “Muero sin saber por qué”. Se mató de un balazo en la sien, colocando a sus pies un retrato de su padre. El suicidio ocurrió a las tres de la tarde del 17 de octubre de 1870, en la habitación 12 del “Hotel Dos Estrangeiros” cuando recién había cumplido los dieciocho años. A la mañana siguiente fue enterrado en el Cementerio San Juan Bautista de Río de Janeiro.

Recién dos años más tarde el 7 de enero de 1873, luego de diversos trámites burocráticos, judiciales y policiales, los restos de Jorge Mariano Mitre son traídos a Buenos Aires y enterrado en la Recoleta. Todo esto hecho con la  mayor reserva y sigilo. Se supone, por que no hay constancias escritas del traslado, que el mismo se realiza en el vapor de bandera uruguaya, “Río de la Plata”.

Fuentes consultadas: Ada Jijena, Gloria y tragedia de Jorge M. Mitre. Revista Todo es Historia.


Angel Vicente Peñaloza
El CHACHO X 2

Por: Roberto Antonio Lizarazu

La figura histórica de Ángel Vicente  Peñaloza es excepcional. Tanto es así que su biografía mereció el tratamiento y el análisis de dos relevantes figuras de nuestras letras. La de Eduardo Gutiérrez, en su obra El Chacho, y la de Domingo Faustino Sarmiento en El Chacho. La primera fue publicada en 1886 y la segunda en 1898.

A mi personalmente, me cuesta imaginar que Sarmiento cuando publicó la suya doce años después; y conociendo la característica de ávido lector que lo dominaba, no haya leído El Chacho de Gutiérrez. Se tomó su tiempo pero finalmente retrucó el tema. En mi opinión, lo hizo utilizando un criterio equivocado.

Casi todas las figuras relevantes y controvertidas de nuestra historia, cuentan con  biografías redactadas por partidarios y opositores a las ideas políticas que profesara el personaje en vida. Se descuenta que esas biografías son diametralmente opuestas. Pareciera que en nuestro medio contamos con una incapacidad absoluta, al apego de la narración de los hechos con la objetividad que corresponde hacerlo.

Tengo frente a mí ambos textos. Mi interrogante, no de ahora, si no de siempre, fue: ¿cómo puede ser posible que ambos autores se encuentren biografiando la vida y las acciones de la misma persona? El primero es una apología y alabanza generalizada  y el otro una diatriba tras otra. ¿Dónde se encuentra la verdad y donde comienza la mentira?  Daría la impresión que escribieran sobre distintas personas y diferentes hechos.
No es el objetivo de este comentario transcribir los textos ni pretender encontrar absolutamente nada en pro o en contra de ninguna de las biografías mencionadas. Porque además soy un confeso admirador de las respectivas obras literarias de ambos, de Gutiérrez y de Sarmiento.

Para mi gusto Eduardo Gutiérrez,  juntamente con Héctor Pedro Blomberg y Ernesto Ezquer Zelaya se ubican en el pedestal más alto de la literatura gauchesca costumbrista (1). Pero considero necesario hacer notar lo complejo que resulta aproximarse al verdadero Chacho, al real Chacho, cuando se escriben opiniones subjetivas tan poco documentadas y teñidas con el más absoluto y arbitrario prejuicio.

Lo realmente grave del tratamiento histórico del caso del Chacho, que no es un caso único, es solamente una muestra de la generalización de cómo se efectúa en nuestro medio el tratamiento y análisis de las figuras relevantes de nuestra historia. Es muy difícil encontrar la realidad en medio de tanto surrealismo puesto con fines políticos y alejados de todo equilibrio.

A pesar de ello, es necesario insistir y continuar leyendo, aunque sea entre líneas, para pretender intentar comprender algo. Otra no queda, o por lo menos no les queda a los interesados en aproximarse al hallazgo de nuestra verdadera historia.

(1) Para los lectores  que les interese el tema, me permito sugerirles la lectura de Hormiga Negra, o El Tigre del Quequén, que en mi opinión son muy superiores a Juan Moreira en casi todos los aspectos que componen una novela. Juan Moreira tiene más trascendencia debido a las versiones circenses adaptadas y escritas por los hermanos Pablo, José y Gerónimo (sic) Podestá y por el filme, pero como obra literaria tanto Hormiga Negra como El Tigre del Quequén son más completas que Juan Moreira, por supuesto en las versiones de Eduardo Gutiérrez.



Pedro De Angelis


Don PEDRO DE ANGELIS, un gran historiador ninguneado

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Hace unos días atrás, un Editorial de Corrientes Opina, se ocupaba de una de las características más relevantes de nuestra sociedad. La división de la misma. Casualmente a la semana siguiente un Editorial de La Nación señalaba el mismo problema y alertaba sobre el riesgo que ello representa. Dos días después un destacado periodista de La Nación reiteró el tema y ese matutino le dedicó la primera página para su desarrollo. Seguidamente recibí una invitación del Centro de Estudios Continentales CEC, a participar en un seminario que lleva el sugestivo nombre de “Sociedad y Violencia”.

¿Nosotros somos conscientes que con el modelo social adoptado, que es el de la división, el enfrentamiento y la crispación,  no tenemos la menor posibilidad de progreso sostenido?

Esta introducción viene a cuento porqué el tema de este comentario es el de una persona de una vasta cultura humanística que sufrió inmerecidamente de esa división, que de manera crónica  enfermó la vida de los argentinos y que hay que reconocer proviene  de tiempo atrás.

Se trata de Don Pedro de Angelis y según   lo define el profesor Miguel Angel Scenna en su libro Los que escribieron la Historia, Pedro de Angelis “Es el primer historiador hecho y derecho,  de pura raza, en la historiografía argentina. Pese a ello, ha sido sepultado bajo una crítica adversa, enconada, terminante, al punto que pocos personajes tienen peor prensa entre los historiadores”. Así tratamos a los que descuellan en cualquier disciplina, ni pensar como somos tratados y como tratamos nosotros a los demás, los simples mortales que transitamos por el común de la vida.

Lo que nos lleva a preguntarnos el porqué de esta oposición a la violeta, o como decía Félix Luna que hace que justifique la existencia de estos “terroristas de la historia”, que solamente dividen todo fundamentando sus opiniones en  sus posiciones políticas en lugar de leer y analizar los documentos.  Como vemos esta perjudicial tendencia no es nueva. No quisiera pasar por pesimista pero afirmaría que es de siempre.  Siempre fuimos así y hoy veremos una pequeña porción de esa división expresada en la intolerancia hacia el disidente de nuestras propias ideas, considerándolo como el peor enemigo al que hay que destruir completamente.

Entre 1830 y 1832 Pedro de Angelis, nacido en Nápoles, de cuarenta y seis años, hace su presentación ante la sociedad porteña con la publicación de sus primeros libros en nuestro medio, titulados: Ensayo histórico sobre la vida del Exmo. Sr. D. Juan Manuel de Rosas, Noticias biográficas del Exmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la Provincia de Santa fe, Brigadier D. Estanislao López y Biografía del Sr. General Arenales. Estas tres obras se constituyeron en la lápida que el mismo de Angelis se fabricó para su muerte como historiador en nuestro medio.

Los intelectuales exiliados en Montevideo y en Chile, a prudente distancia del tirano, se encargaron de sepultar al muerto con cataratas de críticas de todo tipo, que hasta hoy no se pudieron mensurar equilibradamente.

Pedro de Angelis había venido a Buenos Aires, unos años antes, en 1825 contratado por Rivadavia con la finalidad de dirigir un par de periódicos oficialistas que oportunamente se denominaron Crónica política y Literaria de Buenos Aires y El Conciliador”. Estos dos periódicos tuvieron poca vida y finalmente de Angelis para 1827 se hace cargo de La Imprenta del Estado. Cuando en 1828 Dorrego se hace cargo de la Gobernación, de Angelis queda sin empleo en razón de haberlo criticado vehementemente desde los periódicos rivadavianos que mencionamos.

En 1829 de Angelis hace su primera experiencia como periodista propietario y esta vez si es exitosa su empresa periodística. Publica El Lucero a partir de septiembre de 1829, introduciendo algunas novedades que en ese momento fueron aceptadas de inmediato por los lectores y puso a El Lucero” como el semanario de mayor distribución del momento. Esas novedades fueron: partes meteorológicos semanales, movimiento de naves en el puerto, cambios de moneda y entradas diarias de ganado en la ciudad y faena en los Corrales Viejos.

Además en El Lucero se publicaban todas las novedades de la campaña al desierto que comandaba Rosas. Esto convirtió al semanario en un articulo infaltable para las familias de los miles de participantes en esa exitosa campaña al desierto. Vicente López y Planes nos dejó en sus Memorias el siguiente comentario: “Era tanta la demanda de tener noticias de la suerte de la campaña que El Lucero se vendía antes de imprimirse. Los tipógrafos  informaban día a día de las novedades que llegaban.”

Como anécdota se puede mencionar que en El Lucero se publicó la primera nota elogiando a un  novel e ignoto poeta y reproduciendo varios de sus versos: Esteban Echeverría, quien años más tarde sería un severo crítico de la labor historiográfica de Don Pedro de Angelis. De hecho Echeverría y Paul Groussac fueron arbitrariamente los más enconados detractores de la notable obra de de Angelis. Fueron incapaces de separar el trabajo histórico de las simpatías políticas para expresas sus críticas. De Echeverría no llama tanto la atención porqué nunca fue muy criterioso. De hecho tanto Echeverría como Lavalle formaban parte del numeroso grupo al que la sociedad porteña llamaba como Los Tarambanas. Pero de Paul Groussac, un historiador y ensayista con todas las letras, es injustificado su encono con la notable obra de Pedro de Angelis.

Ya mencionamos que entre 1830 y 1832 publica tres importantes biografías, dando inicio en nuestro país al estilo biográfico, que es el más difícil y controvertido de los medios de escribir historia. Lo inicia   de Angelis y hasta la aparición de Juan Bautista Alberdi ningún otro autor se destaca en el mismo. De este mismo período, que podríamos llamar período biográfico, además se debe mencionar una pequeña joya, casi extinguida que es la Vida de Aimé Bonpland, que de joven pude leer  una sola vez  y que por supuesto no pude comprarla.                        

A fines de 1833 Rosas lo contrata para promocionar los logros intelectuales de su gobierno, en trabajos como el Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, la que se editaría en tres idiomas, castellano, inglés y francés y tuvo una amplia circulación en Europa con la aceptación de varios grupos de intelectuales encolumnados en el movimiento romántico, con el cual había coincidencias ideológicas evidentes. Hay que tener en cuenta que cuando el Romanticismo se difunde entre nosotros a partir de 1830, todo el movimiento era afín con los principios del  federalismo y con sus jefes.

En 1836 de Angelis comenzó su obra magna. La Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata.

El erudito de Angelis  era también un apasionado coleccionista de documentos, de los que llegó a reunir una cantidad impresionante. Todos ellos adquiridos de su bolsillo, pero como era un historiador y no un juntador de papeles, como es la debilidad del suscripto, agregaba a cada uno un comentario de su propia cosecha. Esta colección anotada, sería la base con que produciría su mayor obra como investigador y una de las más importantes que se publicaron en América en el siglo XIX.

Esta tarea que habría de valerle un lugar de privilegio entre los historiadores, fue iniciada en 1836 y se constituyó en el abrevadero de cuantos quisieron saber algo de estas lejanas regiones tanto en su aspecto histórico como geográfico. También se debe comentar que varios de los historiadores clásicos que renegaron públicamente de esta obra, reproducen capítulos enteros de la misma sin hacer mención de donde obtienen la información que publican.

Pero de Angelis fue un innovador en nuestro medio  en varios aspectos. Es verdad que en Europa el Enciclopedismo se hallaba en su momento de esplendor y ya lo utilizaban las casas impresoras de las obras enciclopédicas. Distribuir la obra en fascículos para luego encuadernarla. Don Pedro de Angelis vende y distribuye su Colección… en fascículos previamente encargados por los suscriptores,  que pagaban una parte cuando hacían la reserva y el resto cuando lo recibían en el domicilio. La Colecciónllegó a tener 588 suscriptores.
Pero, la prepotencia de un cónsul y de un oscuro marino francés que se creían el ombligo del mundo, y los dueños de la navegación de los ríos interiores de las naciones independientes, desencadenó una guerra con bloqueo incluido del Río de la Plata. Una de las varias consecuencias fue que en poco tiempo en Buenos Aires se terminó el papel, que era un producto importado. La Colecciónqueda trunca para siempre en el Tomo VII.

Ricardo Zorraquín Becú, en su obra El Federalismo Argentino” critica esta prepotencia francesa que causó, entre otras varias, un perjuicio enorme para nuestra cultura. “No es éste uno de los cargos menores que deben formularse a los que se autocalifican como defensores de la civilización y de la cultura.”

Varios de sus detractores, pasados los años de enfrentamiento y después de Monte Caseros, reconocieron públicamente y lo dejaron por escrito lo meritorio y valioso que representaba para nuestra cultura  la obra de de Angelis. Domingo Faustino Sarmiento que fue uno de sus críticos más consecuentes, finalmente reconoce su error inicial y refiriéndose a La Colección deja por escrito que: “Es el monumento nacional más glorioso que pueda honrar a un Estado americano, y a su autor Angelis (sic) que emprendió su publicación, le debe la República lo bastante para perdonarle sus errores políticos de juventud”.

Pero seguramente el reconocimiento que más debe haber agradado a de Angelis debe haber sido el gesto realizado por Bartolomé Mitre.
El 3 de septiembre de 1854, Mitre promueve la creación de una suerte de academia destinada a fomentar los estudios históricos y geográficos en la República Argentina. Era la primera institución destinada a tal fin en nuestro país y el nombre designado fue Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata, y en pocos años termina siendo la Academia Nacional de la Historia.

Nombrado Mitre Presidente del Instituto.., el entonces coronel en persona visitó a de Angelis en su domicilio, y le llevó una invitación escrita, firmada por él como presidente del Instituto… y refrendada con las firmas de otros destacados miembros, todos ellos antiguos opositores políticos: Valentín Alsina, Domingo Faustino Sarmiento y José Mármol.

Una vez aceptada la invitación, en una carta personal a Tomás Guido, de Angelis narra estos hechos que lo llenaron de felicidad. “El señor Mitre que es Presidente y que lo merece por el celo que ha desplegado en la creación de este cuerpo literario, se propone y se lisonjea, abrir un camino más ancho y dar una dirección más noble a los que consumen su tiempo y gastar su inteligencia en luchas estériles para el bien público. Quiera Dios que lo consiga.”
El caso de Pedro de Angelis finalizó relativamente bien, pero no es la generalidad.

Quisiera terminar este comentario con un pensamiento de Marc Bloch, que jamás supo quién fue de Angelis, pero que se adapta perfectamente para contradecir a sus detractores antiguos y modernos. “Vemos muchas veces, eruditos a la violeta que se extrañan del tiempo sacrificado por auténticos eruditos en componer obras de este tipo, (heurística) y por todos los investigadores en conocer su existencia y aprender su manejo; como sí, gracias a las horas invertidas en estos trabajos que, aunque no carezcan de cierto escondido atractivo, desde luego están faltos del brillo romántico, no se ganará tiempo y se ahorrará mucha energía.”

Observaciones: La primera edición quedó trunca en el Tomo VII. En 1909, una Comisión de Homenaje por el cincuentenario de su fallecimiento, que había ocurrido el 10 de febrero de 1859, intentó sin éxito publicar su famosa obra Colección… pero no encontraron ninguna editorial interesada.
Recién en agosto de 1969 la Editorial Plus Ultra editó la Colección Pedro de Angelis completa, dividiéndola en doce tomos.

Adolfo Saldías

ADOLFO SALDIAS, EL PRIMER REVISIONISTA

Por: Roberto Antonio Lizarazu
Sabemos que el revisionismo histórico es el movimiento que propende a la revisión de la historia. En nuestro país, el paso inicial lo da Adolfo Saldías con su notable Historia de Rosas, que luego para no producir tantos resquemores con Mitre y el resto de los autores liberales que eran continuadores de Vicente Fidel López, pasa a denominarse Historia de la Confederación Argentina.

El revisionismo histórico en nuestro medio, en principio se orientó hacia la figura de Juan Manuel de Rosas y de los caudillos federales y sobre otro aspecto que sistemáticamente por razones ideológicas se ignora. El revisionismo se ocupó  de reanalizar  las actuaciones de los conquistadores y colonizadores españoles, quienes habían sido maltratados en la historiografía por los autores liberales.

Adolfo Saldías nace en Buenos Aires el 6 de septiembre de 1849 y fallece en La Paz, Bolivia, el 17 de octubre de 1914. Los días de las fechas de nacimiento y muerte no pueden pasar desapercibidas. El mismo, participa activamente en  varias revoluciones como lo veremos seguidamente.

En 18775 se recibe de abogado, y sus actividades mas descollantes las realiza además de la abogacía, como historiador, político autonomista, militar y diplomático. Además fue un activo miembro de la masonería argentina. Perteneció desde 1877 hasta su muerte a la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, en la que había sido iniciado por Bartolomé Mitre; y en  la que ocupó encumbrados cargos.

Su máxima obra, la "Historia de la Confederación Argentina". Originariamente impresa en tres tomos entre los años 1881 y 1885. En realidad las ediciones posteriores fueron ampliadas y modificadas por el propio Saldías hasta su fallecimiento en 1914. No existe entre 1881 y 1914 ningún tomo exactamente igual a otro. Todos tienen modificaciones y agregados de nuevos documentos que llegaban a manos de Saldías.

La base documental de Saldías fue la documentación personal y oficial que Rosas llevó a Inglaterra luego de Monte Caseros. Por otra parte el propio Saldías lo reconoció en varias oportunidades, y mientras ambos se encontraban con vida,  que el esquema general de trabajo de su Historia de la Confederación, lo obtiene siguiendo “Las Lecciones de Historia” de José Manuel Estrada. Fallecido rosas en 1877, Saldías obtiene autorización de Máximo Terrero (del cual era pariente) y de Manuelita Rosas para leer y tomar nota de los archivos.  Un mundo desconocido apareció frente a los asombrados ojos del primer revisionista. La cantidad de documentación que era necesario copiar manualmente es la explicación de los diversos agregados y correcciones que Saldías hace en las diversas ediciones de su obra.

Su honestidad intelectual lo llevaron a descubrir en esos documentos otra versión para él desconocida y determinó que no pudiera, deliberadamente, acomodarla a sus conocimientos previos. No pudo mentir respecto de lo que estaba observando y se encontraba escrito en los documentos que tenía frente a sí. Hizo lo que no se había hecho hasta ese momento. Tener el documento frente a sí y trabajarlo con un riguroso y objetivo método heurístico. Que se podría resumir como: escribir lo que estoy observando en el documento objetivamente.

Saldías le presenta su obra a su mentor Bartolomé Mitre para que la juzgara. La respuesta fue lapidaria. Condenando a la obra y a su autor a la muerte civil por pocos lustros. Se podría afirmar que ese momento, el del rechazo, es la partida de nacimiento de lo que varias décadas después se llamaría  revisionismo.

Con la aparición del tercer tomo en 1885, quedaba completado el trabajo de Saldías sobre el Restaurador. En la tercera página de esa primera edición, Saldías confiesa su estado de ánimo sobre las atribulaciones que le están sucediendo por haber tocado objetivamente este espinoso tema. “Estoy habituado a ver cómo se derrumban en mi espíritu las tradiciones fundadas en la palabra autoritaria que, atando el porvenir al presente, echan al cuello de las generaciones un dogal inventado por el demonio del atraso. Pienso que aceptar sin beneficio de inventario la herencia política y social de los que nos precedieron, es vivir de prestado a la sombra de una quietud que revela impotencia. La prédica de los odios constituye, por otra parte, un verdadero peligro para el porvenir de las ideas, cuyo desenvolvimiento retarda, lanzando en senderos extraviados a la juventud, en vez de iniciarla en la experiencia saludable de la libertad, o en las lecciones moralizadoras que presentan los propios infortunios políticos. He escrito lo que tengo por verdad a la luz de los documentos, y lo que pienso que es conveniente se sepa para ejemplo y experiencia.”

A pesar de los voluntarios olvidos de los que pensaban distinto, Saldías, padre involuntario de la criatura que luego se llamaría revisionismo, sigue viviendo y trabajando a pleno. Tuvo una activa participación en la Revolución de 1890 y fue uno de los primeros en entrar al Parque de Artillería junto a Leandro N. Alem. Esta situación termina con Saldías, primero preso y luego desterrado a Uruguay. En 1891 fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical. En 1893 participa de la Revolución de 1893, que en realidad son dos insurrecciones cívico-militares dirigidas por la Unión Cívica Radical. La primera comienza el 28 de julio y finaliza el 25 de agosto de 1893 y fue dirigida por Hipólito Yrigoyen y Aristóbulo del Valle y la segunda dirigida por Leandro N. Alem desde el 7 de septiembre hasta el 1 de octubre del mismo año. Como rareza de esta segunda insurrección radical se puede mencionar que Leandro N. Alem, en un momento determinado, termina siendo proclamado como Presidente de la Nación en una asamblea de sus partidarios realizada en Rosario en la que participa Saldías. Por supuesto todo fracasa nuevamente y Saldías  finaliza detenido y encarcelado esta vez en Ushuaia; y luego  es desterrado a Uruguay por segunda vez.

Adolfo Saldías sigue escribiendo con buen éxito editorial. Publica su “Ensayo sobre la historia de la Constitución Argentina en 1878. “Blanchietto”, en 1896. La Evolución Republicana durante la Revolución Argentina" en 1906. "Los Papeles de Rozas", en dos tomos, que eran copias de la documentación que tan trabajosamente él mismo había realizado en Inglaterra, más las copias que siguió recibiendo de Máximo Terrero, en 1907. "La Idea del simbolismo Masónico", obra póstuma, publicada convenientemente en 1916, luego de su fallecimiento.


Jorge Abelardo Ramos en una nota publicada en el suplemento literario de La Prensa del sábado 17 de septiembre de 1963, en una entrevista que hacen a varios historiadores de distintas orientaciones políticas, en relación con la obra de Saldías, deja una opinión imperdible, entre sarcástica e irónica. “La verdad es encomiable la obra histórica de Saldías. No me explico como podía escribir tanto y tan bien sobre nuestra historia, alguien que se la pasaba de fragote en fragote.” “¿Cuándo se hacía tiempo?”. Me imagino la carcajada de Saldías, encuéntrese donde se encuentre.





LOS CUYANOS EN CHILE


Por: Roberto Antonio Lizarazu

Durante la larga tiranía de Rosas, a los emigrados argentinos en Chile se los denominaba genéricamente como “Los Cuyanos”. La colonia de argentinos proscriptos era numerosa. Las guerras civiles,  el gobierno marcadamente autocrático y las constantes alternativas políticas que producían cada batalla o enfrentamiento armado, determinaba que para exiliarse luego de la posibilidad “Oriental”,  le siguiese  la posibilidad “Cuyana”.  Además hubo otras igualmente numerosas.

La emigración de nuestras provincias andinas tiene gran importancia en nuestra historia política sudamericana, por la obra y  la calidad intelectual  desarrollada por “Los Cuyanos” mientras se encontraban exiliados en Chile.

De todos ellos, hay cinco que se destacan entre el resto por su fructífera labor realizada en Chile  en diversos campos: intelectuales, culturales y comerciales.  Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutierrez, Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre. El resto no es mucho menos importante pero los obviaré por razones de espacio. En este comentario solo me referiré a las actividades desarrolladas por Sarmiento y por Alberdi. Del resto  nos ocuparemos más adelante.
Sarmiento  se transforma en uno de los pioneros del grupo de “Los Cuyanos”, desde principios de 1839 y su exilio dura hasta 1852. Contaba con treinta años de edad, y ese período es sin lugar a dudas su época más fecunda de su vida literaria. En Chile escribió el Facundo, los Recuerdos de Provincia, Argirópolis y el Tratado de Educación Popular.

Como periodista se destaca por sus colaboraciones en El Mercurio, en El Nacional, en El Progreso, en La Crónica, en La Tribuna, en El Sud América y en La Gaceta del Comercio, en todos ellos deja publicado una copiosa producción que llena casi sola los diez primeros tomos de sus Obras Completas y ocupa algunas páginas de los tomos siguientes. Demás está decir que de eso vive. Vive trabajando de periodista político y de autor literario.

Sarmiento antes de destacarse y de trabajar de periodista en los medios mencionados, ya había incursionado en ese campo. Había redactado El Zonda en San Juan, y al expatriarse comienza trabajando de minero y luego de maestro de escuela. Posteriormente logra la atención del lector chileno con un artículo en El Progreso, referido a la Batalla de Chacabuco, en el cual reivindicaba la gloria y el genio de San Martín en la empresa libertadora. Esa nota sobre San Martín y la batalla de Chacabuco, fue la carta de presentación de Sarmiento ante la intelectualidad chilena. La puerta ya se encontraba abierta.

Las actividades de Alberdi en el exilio chileno fueron más complejas, por que Alberdi era abogado y finalmente trabaja de abogado, de periodista, de publicista y de biógrafo. Alberdi llega a Chile en 1848 cuando ya Sarmiento hacía años que estaba y actuaba como en su casa. Fija su residencia en Valparaíso, no en Santiago donde estaba el grueso de “Los Cuyanos”, sitio donde encontró el ambiente de trabajo e independencia que necesitaba y alternó su labor entre la prensa y el foro. Procuró servir al país que lo hospedaba sin olvidar su propio país y sobre todo sin olvidar la causa por la cual se encontraba exiliado. La autocracia instalada en el gobierno argentino.

Alberdi al poco tiempo de llegar obtiene el título de abogado en La Facultad de Leyes de Chile, rindiendo equivalencias de las materias y con una tesis que denota la preocupación de siempre del tema que lo obsesionaba: “Memoria sobre la conveniencia y objeto de un Congreso General Constituyente Americano”.

Inmediatamente el diario El Mercurio lo designó abogado defensor en un juicio por calumnias, del cual salió triunfante y que consolidó su reputación en el foro.

El presidente chileno en ese momento era Manuel Bulnes, Presidente entre 1841 y 1851, que era cuñado de nuestro General Manuel G. Pinto.  Pinto era amigo personal de Salvador Alberdi, el padre de Juan Bautista y había estado como exiliado en San Miguel del  Tucumán viviendo en la casa de la familia Alberdi. A través de esa trama de relaciones, a Alberdi le encargan (pago por supuesto) que redacte una biografía del presidente chileno en ese momento. Así aparece la clásica obra  que aún hoy es de consulta obligatoria para los que estudian historia chilena, denominada “Biografía de Don Manuel Bulnes”. La exitosa venta editorial, más los ejemplares que compra el mismo gobierno para bibliotecas y atenciones, sumado al juicio favorable de “El Mercurio”, que el mismo diario periódicamente se encarga de reiterar en sus páginas recordando el fallo para que nadie se anime a demandarlos nuevamente, en pocos meses colocan a Alberdi en lo más alto de la vida intelectual chilena y vemos como la buena fortuna guió sus pasos iniciales como exiliado.

De ese buen momento nacen publicados los opúsculos de “Veinte días en Génova y El Tobías”, “Defensa de José Pastor Peña”, que fue otro defendido por Alberdi que también gana el juicio. “La Legislación de la prensa en Chile”, “De la Magistratura y sus atribuciones en Chile”, “Índice alfabético del Boletín de las leyes, órdenes y decretos del gobierno de Chile”, “Manual de ejecuciones y quiebras”. Todas estas obras de índole jurídica merecieron el reconocimiento de sus colegas y fueron auspiciadas por el gobierno chileno como de reconocida utilidad pública y profesional.

A este mismo género pertenece su “Carta sobre los estudios convenientes para formar un abogado con arreglo a las necesidades  de la sociedad actual en Sud América”. Este extraño trabajo de Alberdi, que era   un encargo pagado por el padre del joven argentino estudiante de Leyes en la Universidad de Turín, de nombre Lucas González, con el objeto de guiarlo en sus estudios y que termina siendo el vademécum que usan todos los estudiantes de leyes sudamericanos con pretensiones de terminar sus estudios. Por último debemos mencionar de este período de “Los Cuyanos” de Alberdi, un “Diccionario razonado de legislación civil, penal, y comercial”. Que queda inconcluso y nunca lo completó ni publicó. Pero la vida y la historia siguen avanzando a pesar de las concepciones políticamente retrógradas de algunos gobernantes.

A partir del 1 de mayo de 1851, fecha del pronunciamiento en Concepción del Uruguay, “Los Cuyanos” se movilizan, algunos como pueden y otros como sienten que deben hacerlo. Para diciembre del 51, Sarmiento ya se encuentra en Entre Ríos junto a un numeroso grupo de exiliados de diversos países que los cobijaron durante largos años y presta su colaboración al Ejército Grande, desde las más humildes posiciones. De Boletinero. Su grado militar fue el de Sargento Mayor de Infantería. No participó en ninguna carga brillante de caballería ni en ningún hecho heroico que se deba mencionar, ni siquiera salió herido. Pero Sarmiento ese día, el 3 de febrero de 1852 estuvo ahí, donde había que estar para que sus acciones coincidieran con sus escritos y con sus palabras: en el campo de batalla. Otros exiliados más pragmáticos y probablemente más inteligentes, prefirieron estar en posiciones más cómodas, por ejemplo, en las serranías tucumanas esperando la definición de la batalla.  Por si acaso había que exiliarse nuevamente en Chile, siempre quedaba más cerca  El Tucumán que El Palomar de Monte Caseros.


Fuente: Pedro Pablo Figueroa, Diccionario Biográfico de Extranjeros en Chile. Imprenta Moderna, Santiago de Chile, Segunda Edición, 1939.


Justo José de Urquiza


FRANCIA E INGLATERRA PRETENDEN COBRARNOS INDEMNIZACIONES


Por: Roberto Antonio Lizarazu

En 1857, durante la presidencia de Urquiza de la Confederación Argentina (1854-1860) y luego de varios años con posterioridad a los enfrentamientos armados de la Confederación con Francia e Inglaterra, desde la época de Rosas,  se suponía que con la firma de los Tratados de paz y amistad tanto con Inglaterra como con Francia, el caso estaba resuelto. Los Tratados Arana-Southern del 24 de noviembre de 1849 y el Tratado Arana-Lepredour del 4 de abril de 1850, daban por finalizado los conflictos ocurridos durante el Gobierno de Rosas. Si embargo  este caso no deja de ser revelador y sugestivo. Al cual  personalmente definiría de insólito y en cierta manera nos muestra el concepto que los gobiernos de ambos países tenían de nuestra clase dirigente.  

Ya sabemos en que condiciones se firmaron ambos tratados,  y se registraron hasta  salvas de cañón en desagravio del pabellón nacional, y luego de pasados varios años,  en 1857 aprovechando que Urquiza era el Presidente de la Confederación, exigieron al gobierno  por vía diplomática, indemnizaciones por potenciales daños causados a sus súbditos en aquellas guerras pasadas; y lo peor fue que Urquiza en principio se allanó a indemnizarlos. Menos mal que no reclamaron indemnizaciones por las fallidas invasiones de 1806 y 1807. Pero el texto del reclamo de las indemnizaciones mencionaba  un límite. “por las reclamaciones que hayan sido presentadas a, o antes del 1º de enero de 1860”.  

Pero seamos honestos, Urquiza accedió a pagar las indemnizaciones  porque sabía que no había fondos para hacerlo y finalmente todo quedó en aprontes  y  no se pagó absolutamente nada. (1)

Los presuntos acreedores no se amilanaron y en 1864, ya en la presidencia de Bartolomé Mitre (1861-1868), reiteraron el reclamo de indemnización. Mitre acusó recibo con un diplomático nosi y le pasó la pelota al  Congreso, que en ese momento  ya funcionaba. En la Cámara de Diputados Adolfo Alsina, hijo de Valentín Alsina, y quien con los años sería uno de los fundadores del Partido Autonomista Nacional, y Vicepresidente de Sarmiento entre 1868-1874,  argumentó en la Cámara de Diputados, en la sesión del 1º de julio de 1864, lo siguiente: “Presentan la factura con los precios del primer costo en Inglaterra y acompañan los precios corrientes que publicaba la Gaceta Mercantil en aquella época, y para saber lo que se les debe por indemnización restan de los precios en Buenos Aires los precios en Inglaterra, sacan su cuenta de lo que habrían ganado si hubieran desembarcado sus buques sin ningún contratiempo, pero se guardan de ponerse en el caso de que al buque se lo hubiera tragado el mar. Para mi señor Presidente, este es el reclamo más inicuo que puede hacerse, es el abuso más completo que pueda intentarse en desmedro de nuestra debilidad política. Pero todos estos hechos tienen su explicación: es una política que en algunos países les ha dado pingües resultados pecuniarios o pretextos para encubrir los más negros atentados y en algunos casos directamente invasiones. Cualquiera diría que la avaricia es un mal endémico del suelo europeo.”



(1) Es verdad que el discurso de Alsina fue una tomadura de pelo y que el mismo transcurrió en medio de las risas y burlas de la mayoría de los Diputados, pero lo grave es que las naciones importantes de Europa tenían una muy baja opinión de nuestra clase dirigente.    Si el notable Roberto Fontanarrosa hubiese estado en ese momento, seguramente aplicaría para este caso,  el imperdible diálogo entre Mendieta y don Inodoro: “¿No andará mal de la vista,  don Inodoro? Puede ser. Hace como tres meses que no veo un peso.” En este caso a los franceses y a los ingleses les ocurrió lo mismo que a don Inodoro. No vieron un peso.